Homenaje a mis Libros Leídos que leí en la presentación de ¡Rey de Ispali!
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Quisiera contaros algo que me sucedió no hace mucho cuando paseaba por el centro de Sevilla. En un determinado momento me metí por una calle que nunca había pasado, queriendo descubrir esos rincones ocultos y maravillosos que mi ciudad atesora. Y después de recrearme en una bella tapia de la que sobresalía majestuosa una esbelta palmera y que dejaba rebosar sobre ella una gran cascada de buganvilla rojo escarlata me encontré con una tienda muy curiosa. Sólo tenía una pequeña puerta de madera y un escaparate muy raro, pues el cristal era totalmente opaco, apareciendo solamente en su centro un anagrama con tres eles entrelazadas. Entonces me fijé en el letrero que había sobre la puerta: LIBRERÍA de LIBROS LEÍDOS.
Como todos sabéis me gusta leer mucho y presumo de conocer todas las librerías del centro, pero esa, la verdad, nunca la había visto.
Sonreí ante lo curioso del nombre y con decisión empujé la puerta deseoso de echarle un vistazo, y por qué no, comprar algún libro.
Una campanilla tintineó mientras bajaba los escalones y entraba en el lugar, un pequeño local no demasiado iluminado presidido por un simple mostrador de madera oscura. A la derecha pude apreciar una puerta de doble hoja donde aparecía de nuevo las tres eles entrelazadas… y ni un sólo libro. No había estanterías, ni anaqueles, ni nada que hiciera pensar que allí se vendieran libros.
¡Esto no es una librería!, me dije decepcionado, cuando apareció de detrás de una cortinilla un hombre regordete que me miró algo sorprendido.
—¿Qué desea?— me dijo remarcado mucho las palabras.
—Buenos días. Sólo he entrado creyendo que este local era una librería.
—Y eso es— me contestó algo molesto—. ¿No ha visto el cartel de fuera? Librería de Libros Leídos.
—Sí, sí. Lo he visto. Pero, es que no veo ningún libro.
—¿Nunca ha entrado en una librería de libros leídos?
—No, nunca.
Entonces el hombre sonrió, como si le hubiera encantado saber que era la primera vez.
—Vaya— dijo pasándose el dorso de la mano por la sudorosa frente—. Me imagino que alguna vez habrá leído algún libro— añadió.
—Claro que sí— le dije con seguridad— Muchos.
—¿Muchos? Todos dicen lo mismo…
El hombre vestía una chaqueta raída bajo la que aparecía una camisa azulada, que cubría de mala manera una barriga descomunal que intentaba salir al exterior empujando los botones, que a duras penas lo impedían. En esos momentos se subió el pantalón hasta casi la altura del ombligo y se sentó en un taburete que tenía delante de un moderno ordenador.
—Dígame su nombre.
—¿Para qué?— le respondí algo molesto.
—¿Quiere saber qué es una librería de libros leídos o no?
—Sí, sí, claro.
—Pues entonces dígame su nombre— insistió.
—José Javier Ruiz Pérez.
—Yo me llamo Andrés—dijo entonces arqueando las cejas.
Después comenzó a pulsar el teclado con los índices de cada mano, lentamente, golpeando cada tecla con fuerza.
—Bien, bien… Ahora puede pasar— dijo sonriendo, apareciendo entre sus labios una sorprendente blanca e impoluta dentadura mientras señalaba la puerta que había a su izquierda.
Curioso, impaciente y suponiendo a aquel hombre un excéntrico librero algo pasado de moda empujé las hojas de la puerta, que se abrieron de par en par dejando que entrara en una sorprendente sala.
Se trataba de un local enorme, lleno de altas y largas estanterías donde se acumulaban miles de ejemplares de todos los colores, tamaños y grosores posibles.
Un largo mostrador separaba la puerta de las repisas y tras él una señora muy bajita, de la que apenas sobresalía la cabeza.
—¿El señor Ruiz Pérez?
—Sí, soy yo— le dije muy sorprendido.
—Aquí los tiene— me indicó señalando una hilera de pilas de libros colocados sobre el mostrador una tras otra.
Entonces me acerqué a ellos.
La verdad es que no tenía ni idea de donde estaba ni que era aquello, pero la curiosidad me pudo y tomé en mis manos el primer libro del primer montón. Y cuál sería mi sorpresa al identificar un viejo ejemplar de la colección DUMBO, colección que logré reunir gracias a las paperas, sarampiones, varicelas y demás enfermedades que los niños de antes cogíamos, y que comencé a coleccionar en la librería de mi cuarto del piso de la barriada Pedro Salvador, primero, y después en el del añorado chalet de Heliópolis. Todos leídos a comienzos de los años setenta. Con cierta nostalgia los fui mirando uno a uno. Allí estaban todos los personajes del genial Walt Disney que recordaba de mi niñez: el Tío Gilito en su enorme almacén de dinero, el pato Donald y sus sobrinos Juanito, Jorgito y Jaimito, el ratón Mickey y su novia Minnie, Goofy y su perro Pluto, Borrón el Encapuchado y los malvados Golfos Apandadores.
Emocionado y perplejo al mismo tiempo miré la cara de la señora bajita que tras el mostrador me miraba. Sonriendo me señaló con la mano el siguiente montón.
Eran los libros de la Colección “Historia Selección” publicados por la editorial Bruguera con sus inolvidables 250 ilustraciones. El primero de ellos, Un Viaje a la Luna, me retrotrajo a mi etapa en la EGB, cuando lo leí junto a La Isla Misteriosa yViaje al Centro de la Tierra, escritos por Julio Verne evidentemente pensando en mí, para que imaginara el globo aerostático llegando medio destrozado a la misteriosa isla, o al capitán Nemo dirigiendo su Nautilus, o a los exploradores de las profundidades de la tierra saliendo expulsados por el Volcán Etna en la isla de Stromboli. Junto a ellos estaba Moby-Dick del americano Herman Melville y Sandokán de Emilio Salgari, los dos leídos en esa misma época. Y bajo ellos ¡exactamente los ejemplares que había leído en aquellos años de Astérix y Obélix publicados por Goscinny y Uderzo! y los de Tintín y su perro Milú dibujados por Hergé.
Aquello era demasiado y me volví a la señora, que aburrida de mirar mi cara de asombro se entretenía en colocar en su sitio otros libros que tenía apilados en el suelo.
—¿Cómo sabe los libros que yo he leído? ¡Oiga! ¡Oiga!
La señora parecía tan abstraída en lo que hacía que no me escuchaba, así que no quise insistir y volví a los libros, acercándome al siguiente montón, donde aparecieron las empalagosas Rimas y las misteriosas Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer que leí cuando la adolescencia afloraba en todo su vigor al principio de los años ochenta. A su lado estaban El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio, Nada, de Carmen Laforet, Los Renglones Torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, La Ciudad y los Perros, de Mario Vargas Llosa, Viaje a la Alcarria, de mi admirado Cela, El Príncipe Destronado, de Miguel Delibes, y cómo no, el universal DonQuijote de la Mancha, todos mandados leer por mis profesores del Colegio Claret durante los difíciles cursos de BUP y COU. Con una sonrisa me alegré al encontrar también junto a ellos La Muerte Visita al Dentista, Los Diez Negritos, Sangre en la Piscina y Asesinato en el Orient Express, de la genial Agatha Cristie, que en verano siempre tenía mi madre en casa y que yo devoraba ansioso por descubrir a los asesinos que Miss Marple o Monsieur Poirot al final siempre encontraban.
Con cierta emoción pasé al siguiente montón, donde encontré de Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, comenzando con su famoso Trafalgar, y siguiendo por La Corte de Carlos IV, Bailén, Napoleón en Chamarín y Zaragoza, y así hasta llegar a los 46 capítulos del ajetreado siglo XIX que tan magistralmente nos narra el escritor canario y que me había leído cuando ya asistía a las aulas de la Facultad de Medicina y descubría los entresijos de la Anatomía Humana, la Fisiología, la Farmacología y demás asignaturas de los primeros cursos de la carrera. También estaba allí El Señor de los Anillos de Tolkien, libro donde pude conocer antes de que se hicieran famosos a los imaginados hobbits, elfos y enanos, al malvado Saruman, al mago Gandalf o al valiente Aragorn. Y no sé porqué ya no me extrañó ver allí los libros de la saga de Caballo de Troya, de J.J. Benítez, con los que seguí la vida de Jesús de Nazaret y de sus discípulos en primera persona gracias a los avances de la Nasa.
Entonces se abrió la puerta de doble hoja y entró el hombre gordo que me había atendido en la tienda.
—¿Qué le parece?
—Estoy impresionado.
En esos momentos tenía en mis manos Las Cabañuelas de Agosto y Las Lágrimas de San Pedro.
—Me deja— me dijo tomando uno de ellos—. Ejemplar ejercicio narrativo y homenaje respetuoso a Blas Infante y a la guerra civil española mirada desde Sevilla, del admirado Antonio Burgos— añadió tras identificarlo.
—Así es. Recuerdo que los leí a finales de los años noventa, cuando terminaba mi periodo de mili en el Regimiento Pavía nº 4 de Aranjuez, junto a El Moscú Sevillano de Nicolás Salas, de temática parecida y Sevilla en Tiempos de Cervantes, de Caballero Bonald, libros que despertaron mi pasión por leer todo lo que de Sevilla de publicara.
El librero los dejó en el montón, y ambos nos dirigimos al siguiente.
—Mire, aquí están los cinco libros de la saga de El Clan del Oso Cavernario, de Jean Marie Auel— le dije al llegar— …que leí cuando ya me había casado con mi mujer, Edurne. Ambos nos extasiamos con la estremecedora vida de la Cro-magnon Ayla y su alegato a la naturaleza que sus cinco libros representan. Como pudimos disfrutar también de estos de aquí, de Noah Gordon, El Médico, Chamán y La Doctora Cole, y desde luego bebiéndonos ya en aquellos años Los Pilares de la Tierra, de Kent Follet, donde sufrimos todos los avatares que pasó el prior Philip para construir su catedral.
Andrés asentía escuchando con paciencia lo que le decía, y sonreía observando cómo yo había pasado de la perplejidad inicial al entusiasmo más desmedido, porque al ir encontrándome con todos mis viejos libros estaba viajando al pasado. Cada uno de esos ejemplares había sido leído por un José Javier distinto que vivía en una época distinta. Y entonces supe que todos ellos habían contribuido a formar mi persona actual, a modelarme poco a poco, a hacerme como era ahora.
Por eso me emocioné al encontrarme con los libros que leí mientras nos nacían los hijos y yo terminaba la especialidad de pediatría en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva y después comenzaba a trabajar en el ambulatorio Amate y en la Clínica Sagrado Corazón. A saber Las Aventuras del Capitán Alatriste, La Piel del Tambor y Carta Esférica, del corresponsal de guerra metido a escritor Arturo Pérez Reverte, La Regenta, estupenda recreación de la Oviedo del siglo XIX que cayó en mis manos tras ver la serie de televisión basada en el libro de Leopoldo Alas Clarín. Y el libro testimonio de Juan Antonio Vallejo Nájera La Puerta de la Esperanza, regalo de uno de mis hermanos y que fue escrito en sus últimos meses de vida con la colaboración del escritor José Luis Olaizola.
También estaban allí los libros que leí mientras nos crecían los niños a principios de los años dos mil, los famosos “best seller” del momento: El Código Da Vinci de prolijo Dan Brown y EL Último Catón de nuestra compatriota Matilde Asensi, libro éste que me empujó a rebuscar entre los títulos de mi colección de clásicos La Divina Comedia, curiosidad que me valió encontrar, además de la obra poética escrita por el florentino Dante Alighieri allá por el siglo XIV, otros títulos que hasta entonces me habían pasado desapercibidos. Y así leí La Tía Tula, del bilbaíno Miguel de Unamuno, La Vida es Sueño de don Pedro Calderón de la Barca, El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, Don Juan Tenorio, del pucelano José Zorrilla, La Celestina, de Fernando de Rojas e incluso algunas de Las Novelas Ejemplares, paradigmas de vidas decentes que me regalaba el autor del Quijote, y que también estaban allí depositados.
Después llegué al montón más reciente, donde se hallaban los numerosos títulos de los monstruos-autores que comenzaron a aparecer en los siguientes años y que escribían novelas como rosquillas manejados por la publicidad de las grandes editoriales, como si fueran automóviles, bebidas refrescantes, cantantes de moda o cualquier otro producto de consumo, y que me había leído puntualmente conforme salían al mercado, Y allí estaban las novelas de Jesús Maesso de la Torre, las de Cesar Vidal, de Juan Antonio Cebrián, Julia Navarro, de Toti Martinez de Lezema, de Jesús Sánchez Adalid, de Isabel Sansebastián, de Fernando de Artacho, de Idelfonso Falcone, de Carlos Ruiz Zafón…
—Bueno… qué. ¿Va a comprarme alguno?— me preguntó entonces Andrés sacándome de mi ensimismamiento.
—Quizás me lleve dos o tres de la colección Bruguera.
—¡Señor! ¡Señor!— nos interrumpió la empleada llegando hasta nosotros con signos de excitación—. ¡Este tipo es un Clase A!— dijo en voz alta.
—¿Un Clase A?— preguntó Andrés muy sorprendido mientras me miraba fijamente.
—Así es. Aparece en el ordenador— le respondió la mujercilla—. Espere.
Y diciendo eso se introdujo entre los estantes.
Andrés aguardó en silencio apoyando sus manos entrelazadas sobre su barriga, mirando de soslayo hacia el interior del local y hacia mí.
Y cuando iba a preguntarle qué demonios era un Clase A apareció la empleada con cinco libros bajo el brazo.
—¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya!— exclamó el librero—. Qué callado se lo tenía.
Entonces se dirigió al extremo del mostrador, levantó la tapa y me invitó a pasar a la parte interior. Yo lo seguí y los tres penetramos en un saloncito coqueto y muy bien decorado, presidido por un sillón de terciopelo rojo y brazos de taracea y con sus paredes abarrotadas de libros con lujosas encuadernaciones.
—Siéntese.
Yo no daba crédito a todo aquello, pero empezaba a divertirme, así que le hice caso y me aposenté en el mullido asiento.
La mujercita arrimó una mesa ante mí y colocó en ella los libros que llevaba: La Última Oración del Jalifa, El Dilema del Arzobispo de Sevilla, La Estirpe de Argantonio, Los Nordumânî y ¡Rey de Ispali!
—¿Son suyos, verdad?
—Bueno, sí. Soy aficionado a escribir y estos son mis libros—le dije. Entonces me fijé en un cartelito que había colgado en la pared donde se podía leer: Librería de Libros Escritos. Y lo comprendí todo.
—Tendría la bondad de dedicárnoslos. Después le pondremos encuadernaciones de piel y los guardaremos en esta biblioteca, junto a los demás libros firmado por otros famosos Clases A. Porque para un librero de libros leídos los Clases A, los autores, sois los arquitectos de las ideas convertidas en letras, los ingenieros de los mundos creados por vuestra imaginación, los pintores de los paisajes escritos y los escultores de los personajes creados. Sin vosotros la imaginación no existiría y la fantasía sería una palabra vacía. Por eso tener ejemplares autografiados por los autores es todo un honor para cualquier librero.
—Andrés, está usted exagerando, yo solo soy un aficionado. Mi profesión es la Medicina.
Entonces miró a su empleada.
—Compruébalo.
Ella se sentó ante un ordenador que había en una esquina y al cabo de pocos segundos lo miró y le respondió:
—Señor, sus libros escritos aparecen en poquísimos historiales de libros leídos.
—¿En muy pocos?
—Apenas unas decenas.
—Se lo dije.
—Incluso este último, ¡Rey de Ispali!, en ninguno.
—Vaya chasco— rezongó Andrés decepcionado—. Hoy en día cualquiera escribe un libro… ¡¡No hace falta que los firme, amigo!!— añadió saliendo del salón seguido de la mujercita.
Algo herido en mi ego me levanté del sillón y miré mis libros que aún permanecían sobre la mesa. Y a pesar de que estaban en poquísimos historiales de libros leídos me emocioné a verlos allí, entre los grandes libros de la historia, pero sobre todo me sentí orgulloso al saber que entre los pocos lectores que los habían leídos estabais todos vosotros, mis amigos.
Como todos sabéis me gusta leer mucho y presumo de conocer todas las librerías del centro, pero esa, la verdad, nunca la había visto.
Sonreí ante lo curioso del nombre y con decisión empujé la puerta deseoso de echarle un vistazo, y por qué no, comprar algún libro.
Una campanilla tintineó mientras bajaba los escalones y entraba en el lugar, un pequeño local no demasiado iluminado presidido por un simple mostrador de madera oscura. A la derecha pude apreciar una puerta de doble hoja donde aparecía de nuevo las tres eles entrelazadas… y ni un sólo libro. No había estanterías, ni anaqueles, ni nada que hiciera pensar que allí se vendieran libros.
¡Esto no es una librería!, me dije decepcionado, cuando apareció de detrás de una cortinilla un hombre regordete que me miró algo sorprendido.
—¿Qué desea?— me dijo remarcado mucho las palabras.
—Buenos días. Sólo he entrado creyendo que este local era una librería.
—Y eso es— me contestó algo molesto—. ¿No ha visto el cartel de fuera? Librería de Libros Leídos.
—Sí, sí. Lo he visto. Pero, es que no veo ningún libro.
—¿Nunca ha entrado en una librería de libros leídos?
—No, nunca.
Entonces el hombre sonrió, como si le hubiera encantado saber que era la primera vez.
—Vaya— dijo pasándose el dorso de la mano por la sudorosa frente—. Me imagino que alguna vez habrá leído algún libro— añadió.
—Claro que sí— le dije con seguridad— Muchos.
—¿Muchos? Todos dicen lo mismo…
El hombre vestía una chaqueta raída bajo la que aparecía una camisa azulada, que cubría de mala manera una barriga descomunal que intentaba salir al exterior empujando los botones, que a duras penas lo impedían. En esos momentos se subió el pantalón hasta casi la altura del ombligo y se sentó en un taburete que tenía delante de un moderno ordenador.
—Dígame su nombre.
—¿Para qué?— le respondí algo molesto.
—¿Quiere saber qué es una librería de libros leídos o no?
—Sí, sí, claro.
—Pues entonces dígame su nombre— insistió.
—José Javier Ruiz Pérez.
—Yo me llamo Andrés—dijo entonces arqueando las cejas.
Después comenzó a pulsar el teclado con los índices de cada mano, lentamente, golpeando cada tecla con fuerza.
—Bien, bien… Ahora puede pasar— dijo sonriendo, apareciendo entre sus labios una sorprendente blanca e impoluta dentadura mientras señalaba la puerta que había a su izquierda.
Curioso, impaciente y suponiendo a aquel hombre un excéntrico librero algo pasado de moda empujé las hojas de la puerta, que se abrieron de par en par dejando que entrara en una sorprendente sala.
Se trataba de un local enorme, lleno de altas y largas estanterías donde se acumulaban miles de ejemplares de todos los colores, tamaños y grosores posibles.
Un largo mostrador separaba la puerta de las repisas y tras él una señora muy bajita, de la que apenas sobresalía la cabeza.
—¿El señor Ruiz Pérez?
—Sí, soy yo— le dije muy sorprendido.
—Aquí los tiene— me indicó señalando una hilera de pilas de libros colocados sobre el mostrador una tras otra.
Entonces me acerqué a ellos.
La verdad es que no tenía ni idea de donde estaba ni que era aquello, pero la curiosidad me pudo y tomé en mis manos el primer libro del primer montón. Y cuál sería mi sorpresa al identificar un viejo ejemplar de la colección DUMBO, colección que logré reunir gracias a las paperas, sarampiones, varicelas y demás enfermedades que los niños de antes cogíamos, y que comencé a coleccionar en la librería de mi cuarto del piso de la barriada Pedro Salvador, primero, y después en el del añorado chalet de Heliópolis. Todos leídos a comienzos de los años setenta. Con cierta nostalgia los fui mirando uno a uno. Allí estaban todos los personajes del genial Walt Disney que recordaba de mi niñez: el Tío Gilito en su enorme almacén de dinero, el pato Donald y sus sobrinos Juanito, Jorgito y Jaimito, el ratón Mickey y su novia Minnie, Goofy y su perro Pluto, Borrón el Encapuchado y los malvados Golfos Apandadores.
Emocionado y perplejo al mismo tiempo miré la cara de la señora bajita que tras el mostrador me miraba. Sonriendo me señaló con la mano el siguiente montón.
Eran los libros de la Colección “Historia Selección” publicados por la editorial Bruguera con sus inolvidables 250 ilustraciones. El primero de ellos, Un Viaje a la Luna, me retrotrajo a mi etapa en la EGB, cuando lo leí junto a La Isla Misteriosa yViaje al Centro de la Tierra, escritos por Julio Verne evidentemente pensando en mí, para que imaginara el globo aerostático llegando medio destrozado a la misteriosa isla, o al capitán Nemo dirigiendo su Nautilus, o a los exploradores de las profundidades de la tierra saliendo expulsados por el Volcán Etna en la isla de Stromboli. Junto a ellos estaba Moby-Dick del americano Herman Melville y Sandokán de Emilio Salgari, los dos leídos en esa misma época. Y bajo ellos ¡exactamente los ejemplares que había leído en aquellos años de Astérix y Obélix publicados por Goscinny y Uderzo! y los de Tintín y su perro Milú dibujados por Hergé.
Aquello era demasiado y me volví a la señora, que aburrida de mirar mi cara de asombro se entretenía en colocar en su sitio otros libros que tenía apilados en el suelo.
—¿Cómo sabe los libros que yo he leído? ¡Oiga! ¡Oiga!
La señora parecía tan abstraída en lo que hacía que no me escuchaba, así que no quise insistir y volví a los libros, acercándome al siguiente montón, donde aparecieron las empalagosas Rimas y las misteriosas Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer que leí cuando la adolescencia afloraba en todo su vigor al principio de los años ochenta. A su lado estaban El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio, Nada, de Carmen Laforet, Los Renglones Torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, La Ciudad y los Perros, de Mario Vargas Llosa, Viaje a la Alcarria, de mi admirado Cela, El Príncipe Destronado, de Miguel Delibes, y cómo no, el universal DonQuijote de la Mancha, todos mandados leer por mis profesores del Colegio Claret durante los difíciles cursos de BUP y COU. Con una sonrisa me alegré al encontrar también junto a ellos La Muerte Visita al Dentista, Los Diez Negritos, Sangre en la Piscina y Asesinato en el Orient Express, de la genial Agatha Cristie, que en verano siempre tenía mi madre en casa y que yo devoraba ansioso por descubrir a los asesinos que Miss Marple o Monsieur Poirot al final siempre encontraban.
Con cierta emoción pasé al siguiente montón, donde encontré de Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, comenzando con su famoso Trafalgar, y siguiendo por La Corte de Carlos IV, Bailén, Napoleón en Chamarín y Zaragoza, y así hasta llegar a los 46 capítulos del ajetreado siglo XIX que tan magistralmente nos narra el escritor canario y que me había leído cuando ya asistía a las aulas de la Facultad de Medicina y descubría los entresijos de la Anatomía Humana, la Fisiología, la Farmacología y demás asignaturas de los primeros cursos de la carrera. También estaba allí El Señor de los Anillos de Tolkien, libro donde pude conocer antes de que se hicieran famosos a los imaginados hobbits, elfos y enanos, al malvado Saruman, al mago Gandalf o al valiente Aragorn. Y no sé porqué ya no me extrañó ver allí los libros de la saga de Caballo de Troya, de J.J. Benítez, con los que seguí la vida de Jesús de Nazaret y de sus discípulos en primera persona gracias a los avances de la Nasa.
Entonces se abrió la puerta de doble hoja y entró el hombre gordo que me había atendido en la tienda.
—¿Qué le parece?
—Estoy impresionado.
En esos momentos tenía en mis manos Las Cabañuelas de Agosto y Las Lágrimas de San Pedro.
—Me deja— me dijo tomando uno de ellos—. Ejemplar ejercicio narrativo y homenaje respetuoso a Blas Infante y a la guerra civil española mirada desde Sevilla, del admirado Antonio Burgos— añadió tras identificarlo.
—Así es. Recuerdo que los leí a finales de los años noventa, cuando terminaba mi periodo de mili en el Regimiento Pavía nº 4 de Aranjuez, junto a El Moscú Sevillano de Nicolás Salas, de temática parecida y Sevilla en Tiempos de Cervantes, de Caballero Bonald, libros que despertaron mi pasión por leer todo lo que de Sevilla de publicara.
El librero los dejó en el montón, y ambos nos dirigimos al siguiente.
—Mire, aquí están los cinco libros de la saga de El Clan del Oso Cavernario, de Jean Marie Auel— le dije al llegar— …que leí cuando ya me había casado con mi mujer, Edurne. Ambos nos extasiamos con la estremecedora vida de la Cro-magnon Ayla y su alegato a la naturaleza que sus cinco libros representan. Como pudimos disfrutar también de estos de aquí, de Noah Gordon, El Médico, Chamán y La Doctora Cole, y desde luego bebiéndonos ya en aquellos años Los Pilares de la Tierra, de Kent Follet, donde sufrimos todos los avatares que pasó el prior Philip para construir su catedral.
Andrés asentía escuchando con paciencia lo que le decía, y sonreía observando cómo yo había pasado de la perplejidad inicial al entusiasmo más desmedido, porque al ir encontrándome con todos mis viejos libros estaba viajando al pasado. Cada uno de esos ejemplares había sido leído por un José Javier distinto que vivía en una época distinta. Y entonces supe que todos ellos habían contribuido a formar mi persona actual, a modelarme poco a poco, a hacerme como era ahora.
Por eso me emocioné al encontrarme con los libros que leí mientras nos nacían los hijos y yo terminaba la especialidad de pediatría en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva y después comenzaba a trabajar en el ambulatorio Amate y en la Clínica Sagrado Corazón. A saber Las Aventuras del Capitán Alatriste, La Piel del Tambor y Carta Esférica, del corresponsal de guerra metido a escritor Arturo Pérez Reverte, La Regenta, estupenda recreación de la Oviedo del siglo XIX que cayó en mis manos tras ver la serie de televisión basada en el libro de Leopoldo Alas Clarín. Y el libro testimonio de Juan Antonio Vallejo Nájera La Puerta de la Esperanza, regalo de uno de mis hermanos y que fue escrito en sus últimos meses de vida con la colaboración del escritor José Luis Olaizola.
También estaban allí los libros que leí mientras nos crecían los niños a principios de los años dos mil, los famosos “best seller” del momento: El Código Da Vinci de prolijo Dan Brown y EL Último Catón de nuestra compatriota Matilde Asensi, libro éste que me empujó a rebuscar entre los títulos de mi colección de clásicos La Divina Comedia, curiosidad que me valió encontrar, además de la obra poética escrita por el florentino Dante Alighieri allá por el siglo XIV, otros títulos que hasta entonces me habían pasado desapercibidos. Y así leí La Tía Tula, del bilbaíno Miguel de Unamuno, La Vida es Sueño de don Pedro Calderón de la Barca, El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, Don Juan Tenorio, del pucelano José Zorrilla, La Celestina, de Fernando de Rojas e incluso algunas de Las Novelas Ejemplares, paradigmas de vidas decentes que me regalaba el autor del Quijote, y que también estaban allí depositados.
Después llegué al montón más reciente, donde se hallaban los numerosos títulos de los monstruos-autores que comenzaron a aparecer en los siguientes años y que escribían novelas como rosquillas manejados por la publicidad de las grandes editoriales, como si fueran automóviles, bebidas refrescantes, cantantes de moda o cualquier otro producto de consumo, y que me había leído puntualmente conforme salían al mercado, Y allí estaban las novelas de Jesús Maesso de la Torre, las de Cesar Vidal, de Juan Antonio Cebrián, Julia Navarro, de Toti Martinez de Lezema, de Jesús Sánchez Adalid, de Isabel Sansebastián, de Fernando de Artacho, de Idelfonso Falcone, de Carlos Ruiz Zafón…
—Bueno… qué. ¿Va a comprarme alguno?— me preguntó entonces Andrés sacándome de mi ensimismamiento.
—Quizás me lleve dos o tres de la colección Bruguera.
—¡Señor! ¡Señor!— nos interrumpió la empleada llegando hasta nosotros con signos de excitación—. ¡Este tipo es un Clase A!— dijo en voz alta.
—¿Un Clase A?— preguntó Andrés muy sorprendido mientras me miraba fijamente.
—Así es. Aparece en el ordenador— le respondió la mujercilla—. Espere.
Y diciendo eso se introdujo entre los estantes.
Andrés aguardó en silencio apoyando sus manos entrelazadas sobre su barriga, mirando de soslayo hacia el interior del local y hacia mí.
Y cuando iba a preguntarle qué demonios era un Clase A apareció la empleada con cinco libros bajo el brazo.
—¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya!— exclamó el librero—. Qué callado se lo tenía.
Entonces se dirigió al extremo del mostrador, levantó la tapa y me invitó a pasar a la parte interior. Yo lo seguí y los tres penetramos en un saloncito coqueto y muy bien decorado, presidido por un sillón de terciopelo rojo y brazos de taracea y con sus paredes abarrotadas de libros con lujosas encuadernaciones.
—Siéntese.
Yo no daba crédito a todo aquello, pero empezaba a divertirme, así que le hice caso y me aposenté en el mullido asiento.
La mujercita arrimó una mesa ante mí y colocó en ella los libros que llevaba: La Última Oración del Jalifa, El Dilema del Arzobispo de Sevilla, La Estirpe de Argantonio, Los Nordumânî y ¡Rey de Ispali!
—¿Son suyos, verdad?
—Bueno, sí. Soy aficionado a escribir y estos son mis libros—le dije. Entonces me fijé en un cartelito que había colgado en la pared donde se podía leer: Librería de Libros Escritos. Y lo comprendí todo.
—Tendría la bondad de dedicárnoslos. Después le pondremos encuadernaciones de piel y los guardaremos en esta biblioteca, junto a los demás libros firmado por otros famosos Clases A. Porque para un librero de libros leídos los Clases A, los autores, sois los arquitectos de las ideas convertidas en letras, los ingenieros de los mundos creados por vuestra imaginación, los pintores de los paisajes escritos y los escultores de los personajes creados. Sin vosotros la imaginación no existiría y la fantasía sería una palabra vacía. Por eso tener ejemplares autografiados por los autores es todo un honor para cualquier librero.
—Andrés, está usted exagerando, yo solo soy un aficionado. Mi profesión es la Medicina.
Entonces miró a su empleada.
—Compruébalo.
Ella se sentó ante un ordenador que había en una esquina y al cabo de pocos segundos lo miró y le respondió:
—Señor, sus libros escritos aparecen en poquísimos historiales de libros leídos.
—¿En muy pocos?
—Apenas unas decenas.
—Se lo dije.
—Incluso este último, ¡Rey de Ispali!, en ninguno.
—Vaya chasco— rezongó Andrés decepcionado—. Hoy en día cualquiera escribe un libro… ¡¡No hace falta que los firme, amigo!!— añadió saliendo del salón seguido de la mujercita.
Algo herido en mi ego me levanté del sillón y miré mis libros que aún permanecían sobre la mesa. Y a pesar de que estaban en poquísimos historiales de libros leídos me emocioné a verlos allí, entre los grandes libros de la historia, pero sobre todo me sentí orgulloso al saber que entre los pocos lectores que los habían leídos estabais todos vosotros, mis amigos.



