sábado 28 de marzo de 2009

::: Un año es suficiente :::

El próximo miércoles, 1 de abril, cumplo cuarenta y cinco años, y Céfiro del Oeste uno. ¡Vaya cifras! Un año de blog. Un año de contaros intimidades, pensamientos, vivencias, muchas ilusiones y algunas penas. Y un año es suficiente.
Creo que es el momento de detener el viento céfiro que ha soplado desde Sevilla hacia tantos sitios y dejarlo reposar, dejar que la calma chicha domine estas latitudes y sedimente lo ocurrido. Porque lo ocurrido ha sido inconmensurable.
Un año ha dado para mucho. Y ha dado principalmente para hacer amigos, virtuales y de carne y huesos. Ahí estáis, Mª Ángeles, Natalia, Diana, Sara, Guillermo, Melba, Mía, Malena, Soledad, Anabel, Lucina, Armida, Cristina, Marta, Josefa, Verdial, Beatriz, Pablo, Ángela, Mar, Lucía, Chuspi, Javier, y tantos otros a lo largo de este tiempo.
Ahora utilizaré mi teclado para otros menesteres. De momento repasaré mi nueva novela que presentaré el próximo 14 de mayo, y desde luego revisaré cada uno de mis post, releyendo vuestros comentarios, y porqué no, editaré el segundo volumen de CÉFIRO DEL OESTE.
Ya veremos. Así que gracias por vuestro cariño, interés y tiempo.
Como decía, un año es suficiente… de momento.
Un gran beso para todos. Adiós.

sábado 21 de marzo de 2009

::: Vísperas :::

Desde hace ya unos días algo ha cambiado en Sevilla, algo distinto flota en el ambiente cuando andas por las calles, cuando cruzas las plazas, cuando miras a tus vecinos…

¿Serán las moléculas olorosas del azahar que desde hace días flotan entre los naranjos de cualquier calle? ¿Será la luz de más que desde hace un tiempo las mañanas y los atardeceres nos regalan? ¿Será por casualidad las caras de los niños al jugar, los escaparates llenos de fotos de Vírgenes o Cristos, de pasitos de cartulina o nazarenos de caramelos? ¿Serán los bares llenos a rebosar de nuevas risas, de frías copas de manzanilla o tortillitas de camarones un viernes de vigilia? ¿O será el olor a incienso que sale por las rendijas de cualquier casa-hermandad donde mayordomos ilusionados empiezan a limpiar la plata?

No sé, igual son los muchachos que se ven pasar con capirotes nuevos en las manos, o las torrijas que te ofrecen en las pastelerías, o las gitanillas que empiezan a florecer en los balcones, o los libros con las historias antiguas de las hermandades que se venden en librerías o papelerías, en quioscos de prensa o grandes almacenes.

¿Serán los que flotan estos días en el aire de Sevilla los recuerdos de los ancianos que brotan de sus encanecidas cabezas al rememorar sus tiempos de primaveras, o los deseos de las chiquillas que este año pasearán por primera vez cogidas del brazo de cualquier galán bisoño?...

Algo es, algo nuevo pero a la vez esperado… algo que año tras año nos visita llegando un Miércoles de Ceniza casi sin avisar cuando los fríos hartibles del invierno se empiezan a cansar de nuestra ciudad, algo que en todo el orbe cristiano llaman Cuaresma y que en Sevilla conocemos simplemente por Vísperas, Vísperas de Semana Santa, claro.

sábado 14 de marzo de 2009

::: Bendita pesadilla :::

—¡Papá! ¡Papáááá´!— escuché la madrugada pasada gritar en mi oído.

—¿Ehh! ¿Qué pasa?

—He tenido una pesadilla… y ahora no me puedo dormir… ¿Me puedo meter en tu cama?

Era Sara la que preguntaba plantada a mi lado en plena oscuridad.

—Claro, hija— le dije echándome para un lado dejándole sitio.

Ella se coló en la cama en un santiamén arrebujándose bajo la manta y pegándose mucho a mí, cogiéndome la mano con fuerza.

—¡Uhh! Hueles a papá— me dijo sonriendo—. Ahora ya no tengo miedo— añadió cerrando los ojos, quedándose dormida al segundo.

Y el que ya no se pudo dormir fui yo, porque me quedé mirándola pensativo, satisfecho del efecto que mi presencia había hecho en su miedo, en su intranquilidad… Y orgulloso de que a pesar de que pronto cumpliría los doce años y a pesar que su independencia aumentaba con los días, la hubiera calmado.

En silencio escuché su respiración rítmica y profunda mientras esbozaba una linda sonrisa, dándome a entender que su pesadilla se había convertido en un placentero sueño.

Y pedí a Dios que mi olor siempre le gustara, que mi presencia la siguiera tranquilizando a pesar del paso de los años, y que para cualquier tipo de pesadilla que tuviera en su vida futura, acudiera a mí como esa bendita noche, queriéndome coger la mano buscando el refugio que siempre le daré

sábado 7 de marzo de 2009

::: El Vaticano :::

En el mundo existen lugares especiales, mágicos, donde la historia ha ido reuniendo acontecimientos exclusivos y situaciones únicas a lo largo de los siglos. Y esos lugares son capaces de transmitirte toda la fuerza acumulada en ellos por el tiempo, de hacerte estremecer cuando estás allí, de enviarte las ráfagas de energía emanadas de tantas y tantas personas que lo vivieron, incluso retroceder en el tiempo con sólo cerrar los ojos.
Yo estuve en uno de esos lugares el fin de semana pasado. En el Ager Vaticanus, en el área pantanosa que había en la antigüedad en la orilla derecha del río Tiber, junto a un monte no muy alto. Ahora es distinto, claro, como os habréis imaginado, pero es distinto por todo lo que allí ocurrió y que ha justificado lo que hoy es, uno de los lugares sagrados de la humanidad: El Vaticano.
Pues bien, plantado en medio de la Plaza de San Pedro, ubicada justo donde estuvo el extremo del Circo de Calígula que después el emperador Nerón utilizó para sacrificar a miles de cristianos, cerré los ojos y pude entrever la crucifixión del apóstol Pedro allí mismo, junto al obelisco de veinticinco metros de altura que mandara traer Calígula desde Egipto y que con el paso del tiempo colocaron en el centro de la plaza, justo donde ahora yo estaba .
Y vi cómo lo enterraban en el cementerio adyacente, que como era costumbre en Roma estaba situado extramuros de la ciudad, en la pequeña loma del Ager Vaticanus, junto a un camino, la vía Aurelia.
Allí lo sepultaron envuelto en paños púrpura, directamente en la tierra, aunque protegieron la tumba con muros para defenderla de las filtraciones de agua del cercano Tiber.
Y durante los años siguientes fue un lugar de peregrinación de los seguidores de aquella nueva creencia que osó competir con la religión helenista que el imperio ostentaba hacía siglos, convirtiéndose en una importante necrópolis conforme los cristianos aumentaban en número e importancia.
Mis acompañantes me pidieron entonces que dejara de imaginar, que íbamos a entrar en la Basílica, en la impresionante iglesia que allí hay ahora. Y los seguí pasando el arco de seguridad de la polizía italiana pero sin dejar de imaginar lo que había ocurrido en aquel lugar.
Porque se sabe que en el siglo II la tumba de San Pedro fue cubierta por el Trofeo de Cayo, un pequeño santuario con dos nichos superpuestos que señalaban tan importante sitio. Pero fue el emperador Constantino, en el año 313, después de haberse convertido al cristianismo tras la batalla de Puente Milio, en la que venció a su opositor Majencio, el que ordenara la construcción de la primera Basílica de San Pedro, sobre el trofeo Cayo, claro, que quedó justo en el presbiterio.
Poco a poco fui subiendo las escalinatas de la nueva Basílica, levantada entre 1506 y 1626 para sustituir la ruinosa de Constantino, atravesando la inmensa fachada diseñada por Carlo Maderno pasando bajo la ventana llamada “logia de las bendiciones”, donde los Papas dan la bendición Urbi et Orbi deseoso de ver al fin aquel lugar sagrado, aquel sitio donde siglo tras siglos se habían postrado tanta gente.
Y por fin entré, dirigiéndome como un autómata hacia el impresionante baldaquino diseñado por Bernini que bajo la colosal cúpula cubre el santo lugar sin ni siquiera fijarme en la Piedad de Miguel Ángel, en el Monumento Fúnebre a Gregorio XIII, en la famosa estatua de bronce de San Pedro, en los colosos San Longinos, Santa Elena, Santa Verónica y San Andrés esculpidos en mármol, ni en tantas y tantas otras fabulosas obras de arte allí reunidas, Sólo me dirigí al Altar Mayor y me postré ante la baranda que protege la bajada a la cripta, claro que me postré, cerrando los ojos y sintiendo que la fuerza del tiempo me traspasaba y que la magia del lugar me llenaba por completo. Y recé a San Pedro.

sábado 28 de febrero de 2009

::: ¡Roma! :::

Año 45 a.C.
Mario Lépido Fabio abrió la ventana de su dormitorio y cerró los ojos sintiendo diferentes los rayos del sol de aquel nuevo día. Julio Cesar había vencido en la batalla de Munda hacia unas semanas, y justo el día antes había otorgado a la ciudad el título de Colonia Iulia Rómula Hispalis, pasando sus habitantes a ser ciudadanos de pleno derecho de la República Romana. ¡Era un buen día!, se dijo desperezándose. Tras casi trescientos años desde que Escipión venciera a los cartaginenses y convirtiera la antigua Turdetania en provincia romana, era la primera vez que tenían los mismos derechos que los habitantes de la mismísima Roma… y eso había que celebrarlo.
Por eso se vistió con sus mejores galas, guardó varias túnicas y sandalias en su macuto de viaje y tras despedirse de su mujer e hijos se dirigió al grandioso puerto de Híspalis deseoso de embarcar rumbo a la capital, ahora su capital.
Ese día había más ajetreo que de costumbre, teniendo que abrirse camino entre la masa de cargadores, comerciantes, esclavos y curiosos que se apiñaban alrededor de las corbitas que saldrían aquel día, naves cortas y redondeadas con las proas en forma de cuello de cisne y propulsadas a vela.
Con dificultad subió a bordo, dirigiéndose con presteza a la proa desde donde contempló el horizonte del gran río Betis, el que le llevaría a través del Mare Nostrum hasta el puerto de Ostia… y desde allí, subiendo el río Tiber… Y cerró los ojos sintiendo que al fin pisaría la capital de la república, el centro del universo conocido, la cuna de la cultura civilizada: ¡Roma!

Año 2009 d.C.
Dos mil cincuenta y cuatro años después, otro sevillano, yo, emprenderé ese mismo viaje, y viviré la misma emoción que mi antepasado al pisar por primera vez la capital de la otrora mayor potencia europea conocida. Y os aseguró que sentiré a Mario Lépido Fabio, que cerraré los ojos cuando pasee por sus calles imaginándolo contemplando el monte Palatino, los templos de Rómulo, de Saturno, de Vesta, la basílica de Majencio, las termas, entrando en las tabernas a beber vino caliente aromatizado con canela, paseando por la Vía Sacra, o cruzando el Puente Emilio, o contemplando carreras de cuádrigas en el Circo Máximo… Y sonreiré sintiéndome orgulloso de mis miles de antepasados, de nuestra historia común, de donde venimos y la que justifica lo que somos en la actualidad.

sábado 21 de febrero de 2009

::: Un baño caliente :::

La bañera se colmó de agua caliente, muy caliente, poco a poco, desprendiendo una vaporosa humareda que inundó toda la habitación, haciéndose aquel momento aparentemente irreal. Entonces introduje un pie, lo justo para que el agua lo mordiera con fiereza, con crueldad, obligándome a sacarlo al instante. Pero mi decisión era firme, mi voluntad férrea, y lo coloqué de nuevo, forzándolo a adaptarse a la alta temperatura que enseguida lo enrojeció placenteramente. Fue cuando aproveché y metí el otro, permitiendo durante unos minutos que el calor subiera hasta casi las pantorrillas, lo que estimuló mis músculos pilosos erizándoseme los vellos de todo el desnudo cuerpo.
Y muy lentamente la piel se fue adaptando, acomodando a la nueva situación, lo que me impulsó a sentarme en la bañera apoyando la espalda con cuidado al tiempo que el agua caliente, muy caliente, me volvía a morder esta vez nalgas, muslos y genitales. Pero mi vocación masoquista de aquel día me podía, permitiéndolo, consintiendo aquel desagradable instante que seguro precedería a unos momentos mejores.
Como así fue, dejándome invadir poco a poco por una deliciosa relajación, soltando los brazos hasta que éstos también se sumergieron en aquel líquido reconfortante y divino. Y comencé a sentir, a sentirme en cada poro de mi piel, en cada centímetro cuadrado de donde iban surgiendo deleitables endorfinas que llegaban a mi relajado cerebro gradualmente.
Y noté los dedos de los pies inundados de calor, y las plantas y talones sometidos por las altas temperaturas. Y cómo pesaban las piernas y al mismo tiempo flotaban, y cómo las enrojecidas nalgas me soportaban, y cómo mi escroto se había relajado hasta límites insospechados, y cómo mi pene sentía un extraño éxtasis en forma líquida, casi morbosa.
La espalda se aflojó, el cuerpo se hundió aún más y los hombros reclamaron su cuota de calor y humedad… hasta que los párpados se fueron plegando con lentitud, consintiendo que mi inicial alerta disminuyera y mi conciencia diera paso al sopor más profundo.
Aunque un repentino impulso me obligó a sumergir también la cara dentro de aquel líquido que tanto placer me estaba dando. Entonces todo el calor se concentró en ella, sintiendo al mismo tiempo tibio el cuerpo y fría el agua, necesitando abrir los ojos para ver qué ocurría.
Sonriendo los cerré de nuevo dejando que el tiempo transcurriera sin control mientras en los cristales de la ventana golpeaban las gotas de lluvia de aquel día de febrero ajenas a mi baño caliente.

sábado 14 de febrero de 2009

::: ¡Hoy será un buen día! :::

09:00 horas: Hoy puede ser… ¡no!, hoy será un buen día, un día especial. Hoy conoceré a uno de vosotros. Hoy tengo una cita con Mª Ángeles Cantalapiedra, que viene a su Sevilla, a mi Sevilla… y de paso a Céfiro del oeste.
Por eso no puedo dejar pasar este día especial, además sábado, día de publicación, sin regocijarme y sin compartirlo con todos vosotros.
Y para más gozo pasearemos juntos por Sevilla, andaremos por “el mejor cahíz de tierra” como la llamó el cronista Luis Peraza, cruzándola de norte a sur, del Arco de la Macarena a la Puerta de Jerez, desde el antiguo Hospital de las Cinco Llagas hasta la Torre del Oro, vigía imperturbable desde hace casi ochocientos años del río más famoso del mundo.
Escucharé sus palabras sin tener que leerlas, besaré sus mejillas de carne y hueso y el milagro de internet se habrá realizado, porque el anonimato del blog habrá saltado hecho astillas permitiendo que la que sólo era un nombre en una pantalla tenga aspecto humano y venga a mí como si nos conociéramos de toda la vida.
¡Hoy será un buen día!

18:00 horas: La parroquia de San Gil, el mercado de la calle Feria, la iglesia de Omnium Santorum, la Alameda de Hercules, la Plaza de San Lorenzo, donde habita el Señor de Sevilla, la plaza del Duque, de la Encarnación, la plaza del Pan, otrora zoco musulmán, la de la Alfalfa, la colegiata de El Salvador con su íntimo Patio de los Naranjos, la calle de las Sierpes, la Avenida de la Constitución, la plaza de la Virgen de los Reyes, la calle Mateos Gagos y por fin el Postigo del Aceite han sido testigos de nuestro encuentro, de nuestras charlas, risas e intimidades.
¿Y sabéis lo que he descubierto? ¿Sabéis por qué Mª Ángeles es tan especial? Pues por su marido, Jesús, su compañero y amigo, el padre de sus hijos, que hoy también he tenido el placer de conocer.
Verdaderamente hoy ha sido un gran día.

sábado 7 de febrero de 2009

::: Baraka :::

En los tiempos que vivimos es difícil encontrar lugares públicos donde se hable de lo trascendente, de lo íntimo, de lo inmaterial. En estos tiempos de consumismo, ahora incluso se nos anima a aumentar el consumo para paliar la crisis desencadenada precisamente por el hiperconsumo, no deja de causar impacto encontrar un grupo de personas que se reúnan un viernes por la tarde a hablar de hacia dónde va nuestra sociedad y cómo colisionamos con lo imperecedero, con la naturaleza global y con nuestra naturaleza en particular.
Pues eso es lo que me ocurrió a mí el pasado viernes al aceptar la invitación que me hizo… ¡un político! Sí, señores, un concejal del ayuntamiento de Sevilla, que en su tiempo libre y rompiendo el rol del político de hacer todo para ganar votos, presentó en un conocido y céntrico Círculo de Sevilla la película Baraka (El último paraíso).
Baraka, barakah o بركة en árabe sufí, es una antigua palabra que puede traducirse simplemente como "bendición", "aliento" o "esencia de vida". Y eso es lo que me supuso contemplar durante casi hora y media cómo Ron Fricke, su director, capta los goces y los desastres que la naturaleza y el hombre han traído al planeta, evitando las palabras, excitando la vista, el oído y la imaginación con una sucesión trepidante de imágenes y sonidos, demostrando que la única forma de conectarse con la Tierra es la Espiritualidad y la Religión, en cualquiera de su variantes. Todo acompañado por una banda sonora épica, porque las composiciones de Michael Stearns contribuyen a aumentar la intensidad con que se perciben las imágenes de la cinta, proporcionando al espectador una experiencia casi mística.
Vean Baraka, es fácil bajarla de internet, y después lloren a piernas sueltas… sólo un rato, porque a continuación levantarán la cabeza y miraran de otra forma todo lo que nos rodea.

sábado 31 de enero de 2009

::: El valor de un día :::

Asomado a la azotea de nuestra casa de verano observé cómo poco a poco se ponía el sol de aquel día, de otro frío y limpio día de enero, que moría ante mis ojos acurrucado por el chillar casi violento de decenas de gorriones que parecían no encontrar la postura en las ramas que habían elegido para dormir. Y entonces pensé: ¿cuánto vale un día?
Según la ley de la oferta y la demanda muy poco, me dije, porque tenemos trescientos sesenta y cinco días en el año, y si todo va bien una media de setenta años en cada vida. Por lo tanto bien poco debe valer un solo día.
El crepúsculo calmó el jolgorio de los olmos y un casi sepulcral silencio acompañó a una tenue neblina que fue poco a poco invadiendo las casa de los vecinos que nos rodeaban, donde solitarias chimeneas parecían querer competir con la bruma que bajaba expulsando largos jirones de humo blanco que el viento se llevaría Dios sabe hasta donde.
Pero mi mente se resistía a pensar que un día valiera tan poco, a creer que por haber tantos uno sólo pudiera ser despreciado, minusvalorado, perdido. Y entornando los ojos me propuse pensar cuantas cosas pueden ocurrir en un solo día que le dieran valor.
Enseguida sonreí porque en un solo día puedes conocer a la persona que será tu pareja el resto de la vida. En un estupendo día te puede nacer un hijo, o aprobar la última asignatura de tu carrera, o firmar el contrato de tu vida. En un solo día puedes ver tu primer arco iris, o encontrar a tu amigo del alma. Sólo hace falta un día para enamorarte, o para darte cuenta que ha llegado la primavera. Aunque también para tener un accidente o incluso morirte. Un día es suficiente para terminar tu libro, o para empezar uno. Para plantar un árbol o montar en bicicleta. Para ir a ver a tu madre, o a tu hermano. Para pasear en barca, jugar un partido de futbol, ver una película que te haga llorar, deambular por tu ciudad, pelearte con tu novia, abrazar a tu hijo, ver florecer los almendros, probar un exquisito vino o un guiso como los de antes…
Y mi mente se desbocó tanto que incluso comencé a recitar en voz alta tantas y tantas cosas diferentes que pueden hacer que un día sea distinto y que tenga un valor especial, que hasta mi mujer subió a la azotea preocupada por mis gritos.
—¡Cada día puede valer millones!— le dije abrazándola.
Ella pensó que sufría una crisis de locura, sobre todo cuando le pregunté sonriendo: ¿cuánto vale para ti un día?
Después la tomé de la mano y bajamos al salón, donde aticé la chimenea sintiendo el calor de las llamas en mi satisfecho rostro.

sábado 24 de enero de 2009

::: Mis dos hermanos :::

Quizás haya sido el destino el que nos ha unido. Quizás solamente el haber utilizado para existir el mismo cálido y confortable útero. O quizás sólo haya sido el amor transmitido por nuestros padres durante nuestra crianza, pero al cabo de cuatro décadas mal contadas de convivencia puedo decir que son una parte importante de mi vida, y que son los dos únicos hombres, junto a nuestro padre, claro, a los que amo y con los que comparto la existencia que nos ha tocado vivir.
El uno es grande en cuerpo y grande en corazón, amante de los suyos, y los suyos, creedme, somos muchos, familiares y amigos, compañeros y vecinos. Organizador nato, nos enreda continuamente en comidas, celebraciones, viajes o simplemente “estar juntos porque sí”, queriendo, con su inagotable ímpetu, abarcarlo todo y estar con todos. Es Luismi.
Y el otro, Ángel, “Chiqui”, como ambos le llamamos por ser el más pequeño, claro, es un apasionado de nuestra ciudad y todas sus costumbres, que vive intensamente junto a sus amigos, unas veces, y junto su mujer e hijos, otras, niños a los que les inculca aquellas pasiones de sevillanía que siempre ha disfrutado.
Los tres nos hemos hecho hombres a la vez, formando nuestras familias simultáneamente, creando junto a nuestros padres y mujeres un gran grupo, catorce somos, con los que casi a diario convivimos sin poder imaginar hacerlo de otra forma.
Espero que el transcurrir de los años nos dé oportunidad de disfrutar de nuevas vivencias y ocasiones y de ver a nuestros hijos seguir nuestro ejemplo de unión.