En el mundo existen lugares especiales, mágicos, donde la historia ha ido reuniendo acontecimientos exclusivos y situaciones únicas a lo largo de los siglos. Y esos lugares son capaces de transmitirte toda la fuerza acumulada en ellos por el tiempo, de hacerte estremecer cuando estás allí, de enviarte las ráfagas de energía emanadas de tantas y tantas personas que lo vivieron, incluso retroceder en el tiempo con sólo cerrar los ojos.
Yo estuve en uno de esos lugares el fin de semana pasado. En el Ager Vaticanus, en el área pantanosa que había en la antigüedad en la orilla derecha del río Tiber, junto a un monte no muy alto. Ahora es distinto, claro, como os habréis imaginado, pero es distinto por todo lo que allí ocurrió y que ha justificado lo que hoy es, uno de los lugares sagrados de la humanidad: El Vaticano.
Pues bien, plantado en medio de la Plaza de San Pedro, ubicada justo donde estuvo el extremo del Circo de Calígula que después el emperador Nerón utilizó para sacrificar a miles de cristianos, cerré los ojos y pude entrever la crucifixión del apóstol Pedro allí mismo, junto al obelisco de veinticinco metros de altura que mandara traer Calígula desde Egipto y que con el paso del tiempo colocaron en el centro de la plaza, justo donde ahora yo estaba .
Y vi cómo lo enterraban en el cementerio adyacente, que como era costumbre en Roma estaba situado extramuros de la ciudad, en la pequeña loma del Ager Vaticanus, junto a un camino, la vía Aurelia.
Allí lo sepultaron envuelto en paños púrpura, directamente en la tierra, aunque protegieron la tumba con muros para defenderla de las filtraciones de agua del cercano Tiber.
Y durante los años siguientes fue un lugar de peregrinación de los seguidores de aquella nueva creencia que osó competir con la religión helenista que el imperio ostentaba hacía siglos, convirtiéndose en una importante necrópolis conforme los cristianos aumentaban en número e importancia.
Mis acompañantes me pidieron entonces que dejara de imaginar, que íbamos a entrar en la Basílica, en la impresionante iglesia que allí hay ahora. Y los seguí pasando el arco de seguridad de la polizía italiana pero sin dejar de imaginar lo que había ocurrido en aquel lugar.
Porque se sabe que en el siglo II la tumba de San Pedro fue cubierta por el Trofeo de Cayo, un pequeño santuario con dos nichos superpuestos que señalaban tan importante sitio. Pero fue el emperador Constantino, en el año 313, después de haberse convertido al cristianismo tras la batalla de Puente Milio, en la que venció a su opositor Majencio, el que ordenara la construcción de la primera Basílica de San Pedro, sobre el trofeo Cayo, claro, que quedó justo en el presbiterio.
Poco a poco fui subiendo las escalinatas de la nueva Basílica, levantada entre 1506 y 1626 para sustituir la ruinosa de Constantino, atravesando la inmensa fachada diseñada por Carlo Maderno pasando bajo la ventana llamada “logia de las bendiciones”, donde los Papas dan la bendición Urbi et Orbi deseoso de ver al fin aquel lugar sagrado, aquel sitio donde siglo tras siglos se habían postrado tanta gente.
Y por fin entré, dirigiéndome como un autómata hacia el impresionante baldaquino diseñado por Bernini que bajo la colosal cúpula cubre el santo lugar sin ni siquiera fijarme en la Piedad de Miguel Ángel, en el Monumento Fúnebre a Gregorio XIII, en la famosa estatua de bronce de San Pedro, en los colosos San Longinos, Santa Elena, Santa Verónica y San Andrés esculpidos en mármol, ni en tantas y tantas otras fabulosas obras de arte allí reunidas, Sólo me dirigí al Altar Mayor y me postré ante la baranda que protege la bajada a la cripta, claro que me postré, cerrando los ojos y sintiendo que la fuerza del tiempo me traspasaba y que la magia del lugar me llenaba por completo. Y recé a San Pedro.