sábado 18 de diciembre de 2010

:::Librería de Libros Leídos:::

Homenaje a mis Libros Leídos que leí en la presentación de ¡Rey de Ispali!
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Quisiera contaros algo que me sucedió no hace mucho cuando paseaba por el centro de Sevilla. En un determinado momento me metí por una calle que nunca había pasado, queriendo descubrir esos rincones ocultos y maravillosos que mi ciudad atesora. Y después de recrearme en una bella tapia de la que sobresalía majestuosa una esbelta palmera y que dejaba rebosar sobre ella una gran cascada de buganvilla rojo escarlata me encontré con una tienda muy curiosa. Sólo tenía una pequeña puerta de madera y un escaparate muy raro, pues el cristal era totalmente opaco, apareciendo solamente en su centro un anagrama con tres eles entrelazadas. Entonces me fijé en el letrero que había sobre la puerta: LIBRERÍA de LIBROS LEÍDOS.
Como todos sabéis me gusta leer mucho y presumo de conocer todas las librerías del centro, pero esa, la verdad, nunca la había visto.
Sonreí ante lo curioso del nombre y con decisión empujé la puerta deseoso de echarle un vistazo, y por qué no, comprar algún libro.
Una campanilla tintineó mientras bajaba los escalones y entraba en el lugar, un pequeño local no demasiado iluminado presidido por un simple mostrador de madera oscura. A la derecha pude apreciar una puerta de doble hoja donde aparecía de nuevo las tres eles entrelazadas… y ni un sólo libro. No había estanterías, ni anaqueles, ni nada que hiciera pensar que allí se vendieran libros.
¡Esto no es una librería!, me dije decepcionado, cuando apareció de detrás de una cortinilla un hombre regordete que me miró algo sorprendido.
—¿Qué desea?— me dijo remarcado mucho las palabras.
—Buenos días. Sólo he entrado creyendo que este local era una librería.
—Y eso es— me contestó algo molesto—. ¿No ha visto el cartel de fuera? Librería de Libros Leídos.
—Sí, sí. Lo he visto. Pero, es que no veo ningún libro.
—¿Nunca ha entrado en una librería de libros leídos?
—No, nunca.
Entonces el hombre sonrió, como si le hubiera encantado saber que era la primera vez.
—Vaya— dijo pasándose el dorso de la mano por la sudorosa frente—. Me imagino que alguna vez habrá leído algún libro— añadió.
—Claro que sí— le dije con seguridad— Muchos.
—¿Muchos? Todos dicen lo mismo…
El hombre vestía una chaqueta raída bajo la que aparecía una camisa azulada, que cubría de mala manera una barriga descomunal que intentaba salir al exterior empujando los botones, que a duras penas lo impedían. En esos momentos se subió el pantalón hasta casi la altura del ombligo y se sentó en un taburete que tenía delante de un moderno ordenador.
—Dígame su nombre.
—¿Para qué?— le respondí algo molesto.
—¿Quiere saber qué es una librería de libros leídos o no?
—Sí, sí, claro.
—Pues entonces dígame su nombre— insistió.
—José Javier Ruiz Pérez.
—Yo me llamo Andrés—dijo entonces arqueando las cejas.
Después comenzó a pulsar el teclado con los índices de cada mano, lentamente, golpeando cada tecla con fuerza.
—Bien, bien… Ahora puede pasar— dijo sonriendo, apareciendo entre sus labios una sorprendente blanca e impoluta dentadura mientras señalaba la puerta que había a su izquierda.
Curioso, impaciente y suponiendo a aquel hombre un excéntrico librero algo pasado de moda empujé las hojas de la puerta, que se abrieron de par en par dejando que entrara en una sorprendente sala.
Se trataba de un local enorme, lleno de altas y largas estanterías donde se acumulaban miles de ejemplares de todos los colores, tamaños y grosores posibles.
Un largo mostrador separaba la puerta de las repisas y tras él una señora muy bajita, de la que apenas sobresalía la cabeza.
—¿El señor Ruiz Pérez?
—Sí, soy yo— le dije muy sorprendido.
—Aquí los tiene— me indicó señalando una hilera de pilas de libros colocados sobre el mostrador una tras otra.
Entonces me acerqué a ellos.
La verdad es que no tenía ni idea de donde estaba ni que era aquello, pero la curiosidad me pudo y tomé en mis manos el primer libro del primer montón. Y cuál sería mi sorpresa al identificar un viejo ejemplar de la colección DUMBO, colección que logré reunir gracias a las paperas, sarampiones, varicelas y demás enfermedades que los niños de antes cogíamos, y que comencé a coleccionar en la librería de mi cuarto del piso de la barriada Pedro Salvador, primero, y después en el del añorado chalet de Heliópolis. Todos leídos a comienzos de los años setenta. Con cierta nostalgia los fui mirando uno a uno. Allí estaban todos los personajes del genial Walt Disney que recordaba de mi niñez: el Tío Gilito en su enorme almacén de dinero, el pato Donald y sus sobrinos Juanito, Jorgito y Jaimito, el ratón Mickey y su novia Minnie, Goofy y su perro Pluto, Borrón el Encapuchado y los malvados Golfos Apandadores.
Emocionado y perplejo al mismo tiempo miré la cara de la señora bajita que tras el mostrador me miraba. Sonriendo me señaló con la mano el siguiente montón.
Eran los libros de la Colección “Historia Selección” publicados por la editorial Bruguera con sus inolvidables 250 ilustraciones. El primero de ellos, Un Viaje a la Luna, me retrotrajo a mi etapa en la EGB, cuando lo leí junto a La Isla Misteriosa yViaje al Centro de la Tierra, escritos por Julio Verne evidentemente pensando en mí, para que imaginara el globo aerostático llegando medio destrozado a la misteriosa isla, o al capitán Nemo dirigiendo su Nautilus, o a los exploradores de las profundidades de la tierra saliendo expulsados por el Volcán Etna en la isla de Stromboli. Junto a ellos estaba Moby-Dick del americano Herman Melville y Sandokán de Emilio Salgari, los dos leídos en esa misma época. Y bajo ellos ¡exactamente los ejemplares que había leído en aquellos años de Astérix y Obélix publicados por Goscinny y Uderzo! y los de Tintín y su perro Milú dibujados por Hergé.
Aquello era demasiado y me volví a la señora, que aburrida de mirar mi cara de asombro se entretenía en colocar en su sitio otros libros que tenía apilados en el suelo.
—¿Cómo sabe los libros que yo he leído? ¡Oiga! ¡Oiga!
La señora parecía tan abstraída en lo que hacía que no me escuchaba, así que no quise insistir y volví a los libros, acercándome al siguiente montón, donde aparecieron las empalagosas Rimas y las misteriosas Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer que leí cuando la adolescencia afloraba en todo su vigor al principio de los años ochenta. A su lado estaban El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio, Nada, de Carmen Laforet, Los Renglones Torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, La Ciudad y los Perros, de Mario Vargas Llosa, Viaje a la Alcarria, de mi admirado Cela, El Príncipe Destronado, de Miguel Delibes, y cómo no, el universal DonQuijote de la Mancha, todos mandados leer por mis profesores del Colegio Claret durante los difíciles cursos de BUP y COU. Con una sonrisa me alegré al encontrar también junto a ellos La Muerte Visita al Dentista, Los Diez Negritos, Sangre en la Piscina y Asesinato en el Orient Express, de la genial Agatha Cristie, que en verano siempre tenía mi madre en casa y que yo devoraba ansioso por descubrir a los asesinos que Miss Marple o Monsieur Poirot al final siempre encontraban.
Con cierta emoción pasé al siguiente montón, donde encontré de Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, comenzando con su famoso Trafalgar, y siguiendo por La Corte de Carlos IV, Bailén, Napoleón en Chamarín y Zaragoza, y así hasta llegar a los 46 capítulos del ajetreado siglo XIX que tan magistralmente nos narra el escritor canario y que me había leído cuando ya asistía a las aulas de la Facultad de Medicina y descubría los entresijos de la Anatomía Humana, la Fisiología, la Farmacología y demás asignaturas de los primeros cursos de la carrera. También estaba allí El Señor de los Anillos de Tolkien, libro donde pude conocer antes de que se hicieran famosos a los imaginados hobbits, elfos y enanos, al malvado Saruman, al mago Gandalf o al valiente Aragorn. Y no sé porqué ya no me extrañó ver allí los libros de la saga de Caballo de Troya, de J.J. Benítez, con los que seguí la vida de Jesús de Nazaret y de sus discípulos en primera persona gracias a los avances de la Nasa.
Entonces se abrió la puerta de doble hoja y entró el hombre gordo que me había atendido en la tienda.
—¿Qué le parece?
—Estoy impresionado.
En esos momentos tenía en mis manos Las Cabañuelas de Agosto y Las Lágrimas de San Pedro.
—Me deja— me dijo tomando uno de ellos—. Ejemplar ejercicio narrativo y homenaje respetuoso a Blas Infante y a la guerra civil española mirada desde Sevilla, del admirado Antonio Burgos— añadió tras identificarlo.
—Así es. Recuerdo que los leí a finales de los años noventa, cuando terminaba mi periodo de mili en el Regimiento Pavía nº 4 de Aranjuez, junto a El Moscú Sevillano de Nicolás Salas, de temática parecida y Sevilla en Tiempos de Cervantes, de Caballero Bonald, libros que despertaron mi pasión por leer todo lo que de Sevilla de publicara.
El librero los dejó en el montón, y ambos nos dirigimos al siguiente.
—Mire, aquí están los cinco libros de la saga de El Clan del Oso Cavernario, de Jean Marie Auel— le dije al llegar— …que leí cuando ya me había casado con mi mujer, Edurne. Ambos nos extasiamos con la estremecedora vida de la Cro-magnon Ayla y su alegato a la naturaleza que sus cinco libros representan. Como pudimos disfrutar también de estos de aquí, de Noah Gordon, El Médico, Chamán y La Doctora Cole, y desde luego bebiéndonos ya en aquellos años Los Pilares de la Tierra, de Kent Follet, donde sufrimos todos los avatares que pasó el prior Philip para construir su catedral.
Andrés asentía escuchando con paciencia lo que le decía, y sonreía observando cómo yo había pasado de la perplejidad inicial al entusiasmo más desmedido, porque al ir encontrándome con todos mis viejos libros estaba viajando al pasado. Cada uno de esos ejemplares había sido leído por un José Javier distinto que vivía en una época distinta. Y entonces supe que todos ellos habían contribuido a formar mi persona actual, a modelarme poco a poco, a hacerme como era ahora.
Por eso me emocioné al encontrarme con los libros que leí mientras nos nacían los hijos y yo terminaba la especialidad de pediatría en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva y después comenzaba a trabajar en el ambulatorio Amate y en la Clínica Sagrado Corazón. A saber Las Aventuras del Capitán Alatriste, La Piel del Tambor y Carta Esférica, del corresponsal de guerra metido a escritor Arturo Pérez Reverte, La Regenta, estupenda recreación de la Oviedo del siglo XIX que cayó en mis manos tras ver la serie de televisión basada en el libro de Leopoldo Alas Clarín. Y el libro testimonio de Juan Antonio Vallejo Nájera La Puerta de la Esperanza, regalo de uno de mis hermanos y que fue escrito en sus últimos meses de vida con la colaboración del escritor José Luis Olaizola.
También estaban allí los libros que leí mientras nos crecían los niños a principios de los años dos mil, los famosos “best seller” del momento: El Código Da Vinci de prolijo Dan Brown y EL Último Catón de nuestra compatriota Matilde Asensi, libro éste que me empujó a rebuscar entre los títulos de mi colección de clásicos La Divina Comedia, curiosidad que me valió encontrar, además de la obra poética escrita por el florentino Dante Alighieri allá por el siglo XIV, otros títulos que hasta entonces me habían pasado desapercibidos. Y así leí La Tía Tula, del bilbaíno Miguel de Unamuno, La Vida es Sueño de don Pedro Calderón de la Barca, El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, Don Juan Tenorio, del pucelano José Zorrilla, La Celestina, de Fernando de Rojas e incluso algunas de Las Novelas Ejemplares, paradigmas de vidas decentes que me regalaba el autor del Quijote, y que también estaban allí depositados.
Después llegué al montón más reciente, donde se hallaban los numerosos títulos de los monstruos-autores que comenzaron a aparecer en los siguientes años y que escribían novelas como rosquillas manejados por la publicidad de las grandes editoriales, como si fueran automóviles, bebidas refrescantes, cantantes de moda o cualquier otro producto de consumo, y que me había leído puntualmente conforme salían al mercado, Y allí estaban las novelas de Jesús Maesso de la Torre, las de Cesar Vidal, de Juan Antonio Cebrián, Julia Navarro, de Toti Martinez de Lezema, de Jesús Sánchez Adalid, de Isabel Sansebastián, de Fernando de Artacho, de Idelfonso Falcone, de Carlos Ruiz Zafón…
—Bueno… qué. ¿Va a comprarme alguno?— me preguntó entonces Andrés sacándome de mi ensimismamiento.
—Quizás me lleve dos o tres de la colección Bruguera.
—¡Señor! ¡Señor!— nos interrumpió la empleada llegando hasta nosotros con signos de excitación—. ¡Este tipo es un Clase A!— dijo en voz alta.
—¿Un Clase A?— preguntó Andrés muy sorprendido mientras me miraba fijamente.
—Así es. Aparece en el ordenador— le respondió la mujercilla—. Espere.
Y diciendo eso se introdujo entre los estantes.
Andrés aguardó en silencio apoyando sus manos entrelazadas sobre su barriga, mirando de soslayo hacia el interior del local y hacia mí.
Y cuando iba a preguntarle qué demonios era un Clase A apareció la empleada con cinco libros bajo el brazo.
—¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya!— exclamó el librero—. Qué callado se lo tenía.
Entonces se dirigió al extremo del mostrador, levantó la tapa y me invitó a pasar a la parte interior. Yo lo seguí y los tres penetramos en un saloncito coqueto y muy bien decorado, presidido por un sillón de terciopelo rojo y brazos de taracea y con sus paredes abarrotadas de libros con lujosas encuadernaciones.
—Siéntese.
Yo no daba crédito a todo aquello, pero empezaba a divertirme, así que le hice caso y me aposenté en el mullido asiento.
La mujercita arrimó una mesa ante mí y colocó en ella los libros que llevaba: La Última Oración del Jalifa, El Dilema del Arzobispo de Sevilla, La Estirpe de Argantonio, Los Nordumânî y ¡Rey de Ispali!
—¿Son suyos, verdad?
—Bueno, sí. Soy aficionado a escribir y estos son mis libros—le dije. Entonces me fijé en un cartelito que había colgado en la pared donde se podía leer: Librería de Libros Escritos. Y lo comprendí todo.
—Tendría la bondad de dedicárnoslos. Después le pondremos encuadernaciones de piel y los guardaremos en esta biblioteca, junto a los demás libros firmado por otros famosos Clases A. Porque para un librero de libros leídos los Clases A, los autores, sois los arquitectos de las ideas convertidas en letras, los ingenieros de los mundos creados por vuestra imaginación, los pintores de los paisajes escritos y los escultores de los personajes creados. Sin vosotros la imaginación no existiría y la fantasía sería una palabra vacía. Por eso tener ejemplares autografiados por los autores es todo un honor para cualquier librero.
—Andrés, está usted exagerando, yo solo soy un aficionado. Mi profesión es la Medicina.
Entonces miró a su empleada.
—Compruébalo.
Ella se sentó ante un ordenador que había en una esquina y al cabo de pocos segundos lo miró y le respondió:
—Señor, sus libros escritos aparecen en poquísimos historiales de libros leídos.
—¿En muy pocos?
—Apenas unas decenas.
—Se lo dije.
—Incluso este último, ¡Rey de Ispali!, en ninguno.
—Vaya chasco— rezongó Andrés decepcionado—. Hoy en día cualquiera escribe un libro… ¡¡No hace falta que los firme, amigo!!— añadió saliendo del salón seguido de la mujercita.
Algo herido en mi ego me levanté del sillón y miré mis libros que aún permanecían sobre la mesa. Y a pesar de que estaban en poquísimos historiales de libros leídos me emocioné a verlos allí, entre los grandes libros de la historia, pero sobre todo me sentí orgulloso al saber que entre los pocos lectores que los habían leídos estabais todos vosotros, mis amigos.

lunes 1 de noviembre de 2010

PRESENTACIÓN DE ¡REY DE ISPALI!

¡Rey de Ispali! La historia de Hermenegildo, el primer rey de Sevilla será presentado el próximo día 13 de diciembre en el Círculo Mercantil, en la calle Sierpes de Sevilla, a las 20:00h.
La presentadora será la profesora Concepción Fernández Martínez, catedrática de filología latina de la Universidad de Sevilla.
Después habrá una copa en el patio del Círculo Mercantil.
La entrada será libre.

martes 5 de octubre de 2010

¡REY DE ISPALI!

PRÓXIMAMENTE SALDRÁ PUBLICADA MI NUEVA NOVELA ¡REY DE ISPALI!. LA HISTORIA DE HERMENEGILDO, EL PRIMER REY DE SEVILLA. (http://www.reydeispali.blogspot.com/)

La presentación será a finales de noviembre en Sevilla, y será publicada por el sello editorial Ituci Siglo XXI (http://www.ituci.com/)

sábado 28 de marzo de 2009

::: Un año es suficiente :::

El próximo miércoles, 1 de abril, cumplo cuarenta y cinco años, y Céfiro del Oeste uno. ¡Vaya cifras! Un año de blog. Un año de contaros intimidades, pensamientos, vivencias, muchas ilusiones y algunas penas. Y un año es suficiente.
Creo que es el momento de detener el viento céfiro que ha soplado desde Sevilla hacia tantos sitios y dejarlo reposar, dejar que la calma chicha domine estas latitudes y sedimente lo ocurrido. Porque lo ocurrido ha sido inconmensurable.
Un año ha dado para mucho. Y ha dado principalmente para hacer amigos, virtuales y de carne y huesos. Ahí estáis, Mª Ángeles, Natalia, Diana, Sara, Guillermo, Melba, Mía, Malena, Soledad, Anabel, Lucina, Armida, Cristina, Marta, Josefa, Verdial, Beatriz, Pablo, Ángela, Mar, Lucía, Chuspi, Javier, y tantos otros a lo largo de este tiempo.
Ahora utilizaré mi teclado para otros menesteres. De momento repasaré mi nueva novela que presentaré el próximo 14 de mayo, y desde luego revisaré cada uno de mis post, releyendo vuestros comentarios, y porqué no, editaré el segundo volumen de CÉFIRO DEL OESTE.
Ya veremos. Así que gracias por vuestro cariño, interés y tiempo.
Como decía, un año es suficiente… de momento.
Un gran beso para todos. Adiós.

sábado 21 de marzo de 2009

::: Vísperas :::

Desde hace ya unos días algo ha cambiado en Sevilla, algo distinto flota en el ambiente cuando andas por las calles, cuando cruzas las plazas, cuando miras a tus vecinos…

¿Serán las moléculas olorosas del azahar que desde hace días flotan entre los naranjos de cualquier calle? ¿Será la luz de más que desde hace un tiempo las mañanas y los atardeceres nos regalan? ¿Será por casualidad las caras de los niños al jugar, los escaparates llenos de fotos de Vírgenes o Cristos, de pasitos de cartulina o nazarenos de caramelos? ¿Serán los bares llenos a rebosar de nuevas risas, de frías copas de manzanilla o tortillitas de camarones un viernes de vigilia? ¿O será el olor a incienso que sale por las rendijas de cualquier casa-hermandad donde mayordomos ilusionados empiezan a limpiar la plata?

No sé, igual son los muchachos que se ven pasar con capirotes nuevos en las manos, o las torrijas que te ofrecen en las pastelerías, o las gitanillas que empiezan a florecer en los balcones, o los libros con las historias antiguas de las hermandades que se venden en librerías o papelerías, en quioscos de prensa o grandes almacenes.

¿Serán los que flotan estos días en el aire de Sevilla los recuerdos de los ancianos que brotan de sus encanecidas cabezas al rememorar sus tiempos de primaveras, o los deseos de las chiquillas que este año pasearán por primera vez cogidas del brazo de cualquier galán bisoño?...

Algo es, algo nuevo pero a la vez esperado… algo que año tras año nos visita llegando un Miércoles de Ceniza casi sin avisar cuando los fríos hartibles del invierno se empiezan a cansar de nuestra ciudad, algo que en todo el orbe cristiano llaman Cuaresma y que en Sevilla conocemos simplemente por Vísperas, Vísperas de Semana Santa, claro.

sábado 14 de marzo de 2009

::: Bendita pesadilla :::

—¡Papá! ¡Papáááá´!— escuché la madrugada pasada gritar en mi oído.

—¿Ehh! ¿Qué pasa?

—He tenido una pesadilla… y ahora no me puedo dormir… ¿Me puedo meter en tu cama?

Era Sara la que preguntaba plantada a mi lado en plena oscuridad.

—Claro, hija— le dije echándome para un lado dejándole sitio.

Ella se coló en la cama en un santiamén arrebujándose bajo la manta y pegándose mucho a mí, cogiéndome la mano con fuerza.

—¡Uhh! Hueles a papá— me dijo sonriendo—. Ahora ya no tengo miedo— añadió cerrando los ojos, quedándose dormida al segundo.

Y el que ya no se pudo dormir fui yo, porque me quedé mirándola pensativo, satisfecho del efecto que mi presencia había hecho en su miedo, en su intranquilidad… Y orgulloso de que a pesar de que pronto cumpliría los doce años y a pesar que su independencia aumentaba con los días, la hubiera calmado.

En silencio escuché su respiración rítmica y profunda mientras esbozaba una linda sonrisa, dándome a entender que su pesadilla se había convertido en un placentero sueño.

Y pedí a Dios que mi olor siempre le gustara, que mi presencia la siguiera tranquilizando a pesar del paso de los años, y que para cualquier tipo de pesadilla que tuviera en su vida futura, acudiera a mí como esa bendita noche, queriéndome coger la mano buscando el refugio que siempre le daré

sábado 7 de marzo de 2009

::: El Vaticano :::

En el mundo existen lugares especiales, mágicos, donde la historia ha ido reuniendo acontecimientos exclusivos y situaciones únicas a lo largo de los siglos. Y esos lugares son capaces de transmitirte toda la fuerza acumulada en ellos por el tiempo, de hacerte estremecer cuando estás allí, de enviarte las ráfagas de energía emanadas de tantas y tantas personas que lo vivieron, incluso retroceder en el tiempo con sólo cerrar los ojos.
Yo estuve en uno de esos lugares el fin de semana pasado. En el Ager Vaticanus, en el área pantanosa que había en la antigüedad en la orilla derecha del río Tiber, junto a un monte no muy alto. Ahora es distinto, claro, como os habréis imaginado, pero es distinto por todo lo que allí ocurrió y que ha justificado lo que hoy es, uno de los lugares sagrados de la humanidad: El Vaticano.
Pues bien, plantado en medio de la Plaza de San Pedro, ubicada justo donde estuvo el extremo del Circo de Calígula que después el emperador Nerón utilizó para sacrificar a miles de cristianos, cerré los ojos y pude entrever la crucifixión del apóstol Pedro allí mismo, junto al obelisco de veinticinco metros de altura que mandara traer Calígula desde Egipto y que con el paso del tiempo colocaron en el centro de la plaza, justo donde ahora yo estaba .
Y vi cómo lo enterraban en el cementerio adyacente, que como era costumbre en Roma estaba situado extramuros de la ciudad, en la pequeña loma del Ager Vaticanus, junto a un camino, la vía Aurelia.
Allí lo sepultaron envuelto en paños púrpura, directamente en la tierra, aunque protegieron la tumba con muros para defenderla de las filtraciones de agua del cercano Tiber.
Y durante los años siguientes fue un lugar de peregrinación de los seguidores de aquella nueva creencia que osó competir con la religión helenista que el imperio ostentaba hacía siglos, convirtiéndose en una importante necrópolis conforme los cristianos aumentaban en número e importancia.
Mis acompañantes me pidieron entonces que dejara de imaginar, que íbamos a entrar en la Basílica, en la impresionante iglesia que allí hay ahora. Y los seguí pasando el arco de seguridad de la polizía italiana pero sin dejar de imaginar lo que había ocurrido en aquel lugar.
Porque se sabe que en el siglo II la tumba de San Pedro fue cubierta por el Trofeo de Cayo, un pequeño santuario con dos nichos superpuestos que señalaban tan importante sitio. Pero fue el emperador Constantino, en el año 313, después de haberse convertido al cristianismo tras la batalla de Puente Milio, en la que venció a su opositor Majencio, el que ordenara la construcción de la primera Basílica de San Pedro, sobre el trofeo Cayo, claro, que quedó justo en el presbiterio.
Poco a poco fui subiendo las escalinatas de la nueva Basílica, levantada entre 1506 y 1626 para sustituir la ruinosa de Constantino, atravesando la inmensa fachada diseñada por Carlo Maderno pasando bajo la ventana llamada “logia de las bendiciones”, donde los Papas dan la bendición Urbi et Orbi deseoso de ver al fin aquel lugar sagrado, aquel sitio donde siglo tras siglos se habían postrado tanta gente.
Y por fin entré, dirigiéndome como un autómata hacia el impresionante baldaquino diseñado por Bernini que bajo la colosal cúpula cubre el santo lugar sin ni siquiera fijarme en la Piedad de Miguel Ángel, en el Monumento Fúnebre a Gregorio XIII, en la famosa estatua de bronce de San Pedro, en los colosos San Longinos, Santa Elena, Santa Verónica y San Andrés esculpidos en mármol, ni en tantas y tantas otras fabulosas obras de arte allí reunidas, Sólo me dirigí al Altar Mayor y me postré ante la baranda que protege la bajada a la cripta, claro que me postré, cerrando los ojos y sintiendo que la fuerza del tiempo me traspasaba y que la magia del lugar me llenaba por completo. Y recé a San Pedro.

sábado 28 de febrero de 2009

::: ¡Roma! :::

Año 45 a.C.
Mario Lépido Fabio abrió la ventana de su dormitorio y cerró los ojos sintiendo diferentes los rayos del sol de aquel nuevo día. Julio Cesar había vencido en la batalla de Munda hacia unas semanas, y justo el día antes había otorgado a la ciudad el título de Colonia Iulia Rómula Hispalis, pasando sus habitantes a ser ciudadanos de pleno derecho de la República Romana. ¡Era un buen día!, se dijo desperezándose. Tras casi trescientos años desde que Escipión venciera a los cartaginenses y convirtiera la antigua Turdetania en provincia romana, era la primera vez que tenían los mismos derechos que los habitantes de la mismísima Roma… y eso había que celebrarlo.
Por eso se vistió con sus mejores galas, guardó varias túnicas y sandalias en su macuto de viaje y tras despedirse de su mujer e hijos se dirigió al grandioso puerto de Híspalis deseoso de embarcar rumbo a la capital, ahora su capital.
Ese día había más ajetreo que de costumbre, teniendo que abrirse camino entre la masa de cargadores, comerciantes, esclavos y curiosos que se apiñaban alrededor de las corbitas que saldrían aquel día, naves cortas y redondeadas con las proas en forma de cuello de cisne y propulsadas a vela.
Con dificultad subió a bordo, dirigiéndose con presteza a la proa desde donde contempló el horizonte del gran río Betis, el que le llevaría a través del Mare Nostrum hasta el puerto de Ostia… y desde allí, subiendo el río Tiber… Y cerró los ojos sintiendo que al fin pisaría la capital de la república, el centro del universo conocido, la cuna de la cultura civilizada: ¡Roma!

Año 2009 d.C.
Dos mil cincuenta y cuatro años después, otro sevillano, yo, emprenderé ese mismo viaje, y viviré la misma emoción que mi antepasado al pisar por primera vez la capital de la otrora mayor potencia europea conocida. Y os aseguró que sentiré a Mario Lépido Fabio, que cerraré los ojos cuando pasee por sus calles imaginándolo contemplando el monte Palatino, los templos de Rómulo, de Saturno, de Vesta, la basílica de Majencio, las termas, entrando en las tabernas a beber vino caliente aromatizado con canela, paseando por la Vía Sacra, o cruzando el Puente Emilio, o contemplando carreras de cuádrigas en el Circo Máximo… Y sonreiré sintiéndome orgulloso de mis miles de antepasados, de nuestra historia común, de donde venimos y la que justifica lo que somos en la actualidad.

sábado 21 de febrero de 2009

::: Un baño caliente :::

La bañera se colmó de agua caliente, muy caliente, poco a poco, desprendiendo una vaporosa humareda que inundó toda la habitación, haciéndose aquel momento aparentemente irreal. Entonces introduje un pie, lo justo para que el agua lo mordiera con fiereza, con crueldad, obligándome a sacarlo al instante. Pero mi decisión era firme, mi voluntad férrea, y lo coloqué de nuevo, forzándolo a adaptarse a la alta temperatura que enseguida lo enrojeció placenteramente. Fue cuando aproveché y metí el otro, permitiendo durante unos minutos que el calor subiera hasta casi las pantorrillas, lo que estimuló mis músculos pilosos erizándoseme los vellos de todo el desnudo cuerpo.
Y muy lentamente la piel se fue adaptando, acomodando a la nueva situación, lo que me impulsó a sentarme en la bañera apoyando la espalda con cuidado al tiempo que el agua caliente, muy caliente, me volvía a morder esta vez nalgas, muslos y genitales. Pero mi vocación masoquista de aquel día me podía, permitiéndolo, consintiendo aquel desagradable instante que seguro precedería a unos momentos mejores.
Como así fue, dejándome invadir poco a poco por una deliciosa relajación, soltando los brazos hasta que éstos también se sumergieron en aquel líquido reconfortante y divino. Y comencé a sentir, a sentirme en cada poro de mi piel, en cada centímetro cuadrado de donde iban surgiendo deleitables endorfinas que llegaban a mi relajado cerebro gradualmente.
Y noté los dedos de los pies inundados de calor, y las plantas y talones sometidos por las altas temperaturas. Y cómo pesaban las piernas y al mismo tiempo flotaban, y cómo las enrojecidas nalgas me soportaban, y cómo mi escroto se había relajado hasta límites insospechados, y cómo mi pene sentía un extraño éxtasis en forma líquida, casi morbosa.
La espalda se aflojó, el cuerpo se hundió aún más y los hombros reclamaron su cuota de calor y humedad… hasta que los párpados se fueron plegando con lentitud, consintiendo que mi inicial alerta disminuyera y mi conciencia diera paso al sopor más profundo.
Aunque un repentino impulso me obligó a sumergir también la cara dentro de aquel líquido que tanto placer me estaba dando. Entonces todo el calor se concentró en ella, sintiendo al mismo tiempo tibio el cuerpo y fría el agua, necesitando abrir los ojos para ver qué ocurría.
Sonriendo los cerré de nuevo dejando que el tiempo transcurriera sin control mientras en los cristales de la ventana golpeaban las gotas de lluvia de aquel día de febrero ajenas a mi baño caliente.

sábado 14 de febrero de 2009

::: ¡Hoy será un buen día! :::

09:00 horas: Hoy puede ser… ¡no!, hoy será un buen día, un día especial. Hoy conoceré a uno de vosotros. Hoy tengo una cita con Mª Ángeles Cantalapiedra, que viene a su Sevilla, a mi Sevilla… y de paso a Céfiro del oeste.
Por eso no puedo dejar pasar este día especial, además sábado, día de publicación, sin regocijarme y sin compartirlo con todos vosotros.
Y para más gozo pasearemos juntos por Sevilla, andaremos por “el mejor cahíz de tierra” como la llamó el cronista Luis Peraza, cruzándola de norte a sur, del Arco de la Macarena a la Puerta de Jerez, desde el antiguo Hospital de las Cinco Llagas hasta la Torre del Oro, vigía imperturbable desde hace casi ochocientos años del río más famoso del mundo.
Escucharé sus palabras sin tener que leerlas, besaré sus mejillas de carne y hueso y el milagro de internet se habrá realizado, porque el anonimato del blog habrá saltado hecho astillas permitiendo que la que sólo era un nombre en una pantalla tenga aspecto humano y venga a mí como si nos conociéramos de toda la vida.
¡Hoy será un buen día!

18:00 horas: La parroquia de San Gil, el mercado de la calle Feria, la iglesia de Omnium Santorum, la Alameda de Hercules, la Plaza de San Lorenzo, donde habita el Señor de Sevilla, la plaza del Duque, de la Encarnación, la plaza del Pan, otrora zoco musulmán, la de la Alfalfa, la colegiata de El Salvador con su íntimo Patio de los Naranjos, la calle de las Sierpes, la Avenida de la Constitución, la plaza de la Virgen de los Reyes, la calle Mateos Gagos y por fin el Postigo del Aceite han sido testigos de nuestro encuentro, de nuestras charlas, risas e intimidades.
¿Y sabéis lo que he descubierto? ¿Sabéis por qué Mª Ángeles es tan especial? Pues por su marido, Jesús, su compañero y amigo, el padre de sus hijos, que hoy también he tenido el placer de conocer.
Verdaderamente hoy ha sido un gran día.