El dios Céfiro se levantó una vez más de su morada y se dirigió, acarreando su brisa húmeda y vivificante, a la pequeña abertura situada entre las dos grandes extensiones de tierra, Ευρώπη (Europa), hija de Agenor y de Telefasa, y Άφρική (África), el gran continente de fuego.
Sonriente sopló por el pequeño estrecho que las separaba, el lugar donde Heracles robara el rebaño de bueyes sagrados, la unión del Okeano o Gran Mar de Afuera con el Mar de en Medio de la Tierra. Y ese suave hálito se dispersó en todas direcciones, subiendo, casi sin él percatarse incluso por el valle del río que desembocaba bastante más al norte, el Tertis (Guadalquivir), vivificando sus tierras fértiles y reconfortando a sus habitantes con unas temperaturas dulces y suaves.
Aquella primavera estaba siendo especial. Sus hermanos Anemoi, los otros dioses del viento, lo habían dejado soplar en aquellas latitudes, y él se había aprovechado, disfrutando de aquel rincón del planeta, uno de sus favoritos, durante casi toda la primavera.
Boreas, el viento del norte, estaría en su Tracia natal ocupado en cuidar a sus doce potros o soplando en algún mar ártico sus gélidas brisas.
Noto, el viento del sur, recorrería los mares meridionales atiborrándose de agua para descargar sus tormentas de verano al llegar al norte.
Y después estaba Euro, su tercer hermano, el viento del este, el responsable del calor sofocante. Debía estar por los desiertos de África levantando ventiscas cálidas o tormentas de arena. Aunque era extraño que por aquellas fechas no hubiera aparecido ya.
Y con esos pensamientos recorrió los farallones de cada lado del estrecho, Calpe y Abila, dichoso por aquellos días de tranquilidad.
Pero cuando el sol se ponía a su espalda notó erizarse la mar de forma extraña, de forma grosera. Algo se oponía a la dirección del oleaje que él dirigía. ¡Era Euro! No había dudas. Arrugando el ceño sopló con más fuerza, haciendo entrechocar sus ráfagas contra las cálidas y secas de su hermano, que riéndose a carcajadas apareció, al fin, en el horizonte oriental.
Él sabía que era su turno, sabía que había tenido más días de los que le correspondía… pero no se quiso marchar. Y empujó con todas su fuerzas enrabietado. Hasta que una voz potente, la voz de Éolo, el padre de los Anemoi, sonó sobre ellos:
—¡Céfiro!
Eso fue suficiente. Y el dios del poniente, el más suave de todos los vientos, el fructificador, el mensajero de la primavera, se replegó, me replegué, cariacontecido, dejándoos a merced del embravecido levante, que aparecía queriendo recuperar el tiempo perdido, dominando con sus vientos secos y cálidos todo el territorio, nadie sabía muy bien hasta cuando.