sábado, 1 de noviembre de 2008

::: Carta a mi hijo :::

Querido hijo:
Ahora que el paso de los años te ha convertido en un hombrecito, ahora que ya eres independiente y cada vez nos necesitas menos, ahora que cumples 13 años quiero decirte, querido hijo, que eres, junto a tu hermana, lo mejor que nos ha pasado a tu madre y a mí en esta vida.
Y nos apena que hayas crecido, que estos años hayan pasado tan veloces, que aquel bonito niño que eras haya desaparecido, que ya no te pueda coger en brazos, que no te tenga que bañar o darte de comer, que no necesites que me levante por las noches a darte agua o a arroparte… En fin, que seas mayor.
Pero sin embargo nos ilusiona el hombre que serás, el futuro que tendrás, tu trabajo, tu esposa y tus futuros hijos… aunque queremos que todo eso tarde en llegar, y sigas mucho tiempo en casa, como ahora, jugando en el ordenador en tu cuarto o acompañándonos en los paseos de los domingos junto a tu hermana.
Por último tu madre y yo te deseamos el día de tu cumpleaños que disfrutes la vida como nosotros la estamos disfrutando. Haz de todo con prudencia, sin correr peligros ni dañar a nadie, pero vive la vida intensamente, porque los años pasan sin detenerse, y no vuelven.
Siempre nos tendrás para lo que necesites, no lo olvides. ¡Ah! Y feliz cumpleaños.

sábado, 25 de octubre de 2008

::: ¡Conseguido! :::







Esta vez una imagen vale
más que mil palabras





Incluso en el Divan de Cristina Céfiro del Oeste es psicoanalizado.

sábado, 18 de octubre de 2008

::: Un rayo de luna :::

Malhumorado llegó a su casa después de una jornada infernal. Crisis, hipotecas, subidas de precios, problemas en el trabajo y demás horribles asuntos fueron sus acompañantes aquel infausto día. Por eso se quitó la corbata en el pasillo y la arrojó lo más lejos que le fue posible.
Sentado en el borde de la cama cerró los ojos deseando encontrar la forma de relajarse, de poder olvidar los problemas, de superar aquella angustia que le oprimía el pecho y que apenas le dejaba respirar. La deshabitada casa no le ayudó, y sintió que su mujer e hijos estuvieran fuera aquellos días.
Como un vagabundo recorrió las habitaciones sin encender las luces, queriendo encontrar en algún rincón del hogar la calma que su alma necesitaba… hasta que al doblar el pasillo vio un llamativo resplandor en el suelo del despacho. ¿Había una luz encendida? ¡Qué raro!
Y al acercarse comprobó que era la luz de la luna, llena aquel día, la que había conseguido recorrer los 384.400 kilómetros que los separaban de él y encontrar el recoveco necesario para acabar en su habitación preferida. Y se acercó a la ventana, descubriendo la esfera gris blanquecina justo enfrente suya. Como un autómata se sentó en el sillón y reclinó la cabeza en el respaldo, sintiendo en su cara aquel rayo de luna, que lo fue reconfortando en apenas unos segundos.
Y allí se quedó, bajo la claridad lunar, sonriendo para sí al saberse pequeño e insignificante aunque al fin feliz aquel aciago día.

sábado, 11 de octubre de 2008

::: Creadora de vida :::

Luisa se sentó a desayunar con nosotros dejando la bolsa del supermercado en el suelo y esbozando una amplia sonrisa.
Era un día cualquiera de comienzos de otoño, en el que la nueva estación parecía asomarse por el Aljarafe sevillano enviándonos alguna brisa fresca y húmeda aquella mañana.
Y, veréis, tras darle dos tragos al café, la amiga de mi mujer comenzó a charlar con su verborrea fluida y ágil contándonos cosas de sus hijos, de su marido, del tiempo, de política y de su trabajo, dejando caer que últimamente se le acumulaba en el laboratorio la faena.
Ya para entonces nos habían traído las tostadas, y mientras echaba el aceite en la mía soltó que la tarde anterior había conseguido tres embriones viables…
Sí… como si tal cosa, igual que había contado que el precio de la leche había subido o que el mayor de sus hijos había empezado a jugar a baloncesto nos dijo que ¡uniendo en su laboratorio un óvulo previamente extraído del ovario de una señora y un espermatozoide de su respectivo marido había conseguido un embrión! O sea, ¡una vida nueva!
Yo la miré a la cara fascinado mientras rebosaba el aceite en mi tostada sin poder creer que alguien pudiera contar cómo creaba vida mientras desayunábamos.
Y como comprenderéis, mi tostada se enfrió en el plato mientras escuchaba en qué empleaba su tiempo aquella fantástica mujer…

Soledad Sánchez estaba allí, como nos relata en su blogverso del día 21 de noviembre.

sábado, 4 de octubre de 2008

::: ¡Notición! :::

¡Decisión tomada! ¡CÉFIRO del OESTE será un libro!

Todos los post publicados desde el 1 de abril al 30 de junio, seguidos de vuestros comentarios, serán recopilados y editados.

Jamás pensé que me haría tanta ilusión cumplir este deseo, llevar a acabo este proyecto, convertir en libro el trabajo común que entre todos hemos realizado, que entre todos hemos dado vida. Porque los autores del libro seremos todos.

Por eso es muy importante que si queréis cambiar el nombre o link con el que aparecéis en vuestros comentarios, me lo digáis, sobre todo los que aparecéis con nombre y apellidos. Podemos poneros como anónimo o cambiando el link.

Todavía tardará algún tiempo y serán pocos ejemplares (es caro)… pero habrá merecido la pena.

sábado, 27 de septiembre de 2008

::: Algo falla :::

Aquel día había batido todas sus marcas en la oficina. ¡Eran más de las once de la noche cuando por fin terminó! Ofuscado condujo su automóvil hasta el parking subterráneo cercano a su casa maldiciendo las horas extras que casi le obligaban a hacer.
Allí lo estacionó, como todos los días, dirigiéndose a la salida avanzando como un autómata por entre los coches y motos que esperaban a sus dueños aparcados en ordenadas filas.
Pensando en una reconfortante ducha empujó la puerta subiendo la escalera que llegaba a los jardines ubicados sobre el aparcamiento… cuando se percató de que la cancela estaba cerrada.
—¡Mierda! No he cogido las llaves— se dijo al mirarse los bolsillos, comenzando a descender de nuevo con la idea de salir por la rampa de acceso. Pero… la puerta de salida se había cerrado, como era lógico… y se abría con la misma llave que la cancela. ¡Estaba atrapado!
Riéndose para no llorar se sentó en los escalones, agotado, sudoroso y abatido, sintiendo que era el más estúpido de todos los seres humanos.
—Bueno, ¿saldrá alguien a estas horas? ¿Debería llamar a los bomberos? ¿A la policía? ¿Me salto la reja?— se preguntó sopesando sus posibilidades, temiéndose estar allí horas eternas como un tonto.
Hasta que al fin se decidió. Dejando su maletín en el suelo y quitándose la chaqueta y la corbata se subió al pasamano de la escalera, comprobando que desde allí arriba la reja sólo le llegaba hasta medio cuerpo. Y con cuidado y sin prisas pasó una pierna, después la otra…hasta dejarse caer.
Llegó al suelo en un instante… aunque algo no había ido bien. Tenía sangre en la mano y en el dedo.
—¡Dios mío! ¿Qué me ha ocurrido?— exclamó al fin agarrándose la mano izquierda con la derecha, viendo cómo su dedo anular estaba abierto como un libro en toda su longitud y una viscosa y caliente sangre roja le caía por la palma. ¡La reja le había desgarrado el dedo!
Aterrorizado envolvió la herida con el pañuelo y levantó la cabeza buscando ayuda, saliendo a la calzada en dirección a unos cuantos coches que en esos momentos pasaban por allí.
—¡Por favor, ayúdeme!— gritó dirigiéndose al primero. Pero el ocupante lo miró indiferente y siguió su camino, igual que el siguiente, y el siguiente, y el siguiente.
—Pero… ¡no se detiene ninguno!— se dijo horrorizado. ¡¿Cómo no se van a parar si les estoy pidiendo ayuda?!
Pero así era. Los cuatro primeros coches no se detuvieron a pesar de verlo herido… Y no lo podía entender. Hasta que tuvo que ponerse delante del siguiente, que frenó antes de atropellarlo.
Y al fin, en la mente de aquel conductor, se encendió una tenue llamita de humanidad, y bajando la ventanilla le preguntó:
—¿Lo puedo ayudar?
Entonces se retiró el pañuelo y le enseñó la herida.
—Suba— le dijo no demasiado convencido… y en pocos minutos lo llevó, me llevó, al hospital donde me suturaron la herida del dedo, aunque la del espíritu quedó abierta para siempre.
Desde entonces la tristeza por haber comprobado cómo la raza humana se ha desvirtuado hasta tan despreciable extremo anida en mi alma, sobre todo al pensar que es muy probable que yo tampoco hubiera detenido el coche… Algo falla.

sábado, 20 de septiembre de 2008

:::La vuelta al hogar (y II) :::

Y ¿Sabéis qué es lo que hice tras abrir Céfiro del oeste? Pues buscar el primer día, aquel remoto 1 de abril que cumplía 44 años. Y con cierta nostalgia lo leí, sonriendo al recordarme ese día, emocionado, escribiendo algo para alguien que nuca vería, si es que alguien lo leía alguna vez, claro.
Después abrí el siguiente post, y el siguiente, y los fui leyendo todos, uno a uno. Allí estaban “El encanto de lo cotidiano”, "Hoy he visto el arco iris”, La fábula del oso y la potrilla”, “Gracias”, "La brevedad de la belleza”… todos seguidos de vuestros comentarios.
Al principio erais pocos y desconocidos, después lentamente fuisteis siendo más, repitiéndoos en vuestras visitas, aportando vuestros pensamientos e ideas desde vuestros lejanos ordenadores... convirtiéndoos en amigos verdaderos.
Y así, semana tras semana, siguieron apareciendo nuevos post. Os acordaréis de “El regreso”, “La heteroamistad”, “Los desafíos”, “Un silbido de felicidad”, "Una fantasía sexual”, etc…
Y entonces lo vi claro. Aquello no era sólo un blog. Era algo más. Era un LIBRO.
Aquellos post que iba leyendo, seguidos de vuestros comentarios, tenían fuerza, dinamismo, personalidad… Se habían convertido, al juntarse, en un todo, en “CÉFIRO DEL OESTE”.
Así que ahora estoy confuso, desorientado. ¿Merecerían los post ser publicado en papel? ¿Hacerles una portada? ¿Editar unas decenas de libros que poder tener entre las manos, que poder regalar, que poder colocar en la biblioteca junto a nuestras novelas preferidas?

domingo, 14 de septiembre de 2008

:::La vuelta al hogar :::

La Tierra ha dado por fin el inevitable cuarto de vuelta y el viento comienza a soplar a ratos del septentrión, arrojando sobre nuestras maltrechas ciudades sureñas el aliento del otoño...
Y yo he vuelto al hogar, cerrando nuestra casa de verano de forma irremediable. El 15 de septiembre es la fecha señalada que nos obliga a volver a la morada urbana, a abandonar las cenas en el jardín bajo la dama de noche, a dejar atrás los paseos por la playa, las calurosas amanecidas, los chapuzones en la piscina y las paellas con los amigos... En definitiva a volver a la monotona y plácida rutina.
Y con ese bagaje he entrado en el piso, he descorrido las polvorientas cortinas, subido las anquilosadas persianas y ventilado los dormitorios y la salita. Y tras recorrer con cierta nostalgia el pasillo he llegado al despacho, sentándome en mi viejo y querido sillón. Y allí, sobre mi mesa de trabajo, aparecieron antiguas historias, dormidos proyectos... y mi ordenador.
Casi sin querer lo he encendido, surgiendo el familiar fondo de escritorio con la foto de mis hijos y mi mujer sonriéndome... y mis numerosos accesos directos. Poco a poco los fui repasando, uno a uno, sin prisa, hasta llegar al que aparecía más gastado, más usado que todos los demás: Céfiro del oeste.
¡Céfiro del oeste! Uff... Allí estaba esperándome, tal como lo dejé el 30 de junio, abandonado, dormido, o simplemente detenido en el tiempo, aguardando el impulso, el aliento que lo lance de nuevo al ciberespacio del la red, por donde llegue a... ¡a todos vosotros!

lunes, 30 de junio de 2008

::: Cerrado por vacaciones:::

Después de un intenso y apasionante trimestre, después de pasar nuestra luminosa primavera junto a todos vosotros, y después de que Euro me expulsara de estas latitudes, Céfiro del oeste se marcha junto a su familia buscando un lugar adecuado donde pasar el cruél estio sevillano.
Nada de esta maravillosa experiencia hubiera sido posible sin vosotros, el motivo de tantas y tantas letras derramadas, interesantes temas discutidos y especiales momentos vividos, y sin vuestros comentarios, imprescindibles alimentos para el blog y para mí, siempre deseando encender el ordenador y encontrarme con vuestras nuevas visitas.


Por eso GRACIAS.


Volveré cuando el otoño permita al Céfiro del oeste regresar a su amada Sevilla.

jueves, 26 de junio de 2008

::: La llegada del dios Euro :::

El dios Céfiro se levantó una vez más de su morada y se dirigió, acarreando su brisa húmeda y vivificante, a la pequeña abertura situada entre las dos grandes extensiones de tierra, Ευρώπη (Europa), hija de Agenor y de Telefasa, y Άφρική (África), el gran continente de fuego.
Sonriente sopló por el pequeño estrecho que las separaba, el lugar donde Heracles robara el rebaño de bueyes sagrados, la unión del Okeano o Gran Mar de Afuera con el Mar de en Medio de la Tierra. Y ese suave hálito se dispersó en todas direcciones, subiendo, casi sin él percatarse incluso por el valle del río que desembocaba bastante más al norte, el Tertis (Guadalquivir), vivificando sus tierras fértiles y reconfortando a sus habitantes con unas temperaturas dulces y suaves.
Aquella primavera estaba siendo especial. Sus hermanos Anemoi, los otros dioses del viento, lo habían dejado soplar en aquellas latitudes, y él se había aprovechado, disfrutando de aquel rincón del planeta, uno de sus favoritos, durante casi toda la primavera.
Boreas, el viento del norte, estaría en su Tracia natal ocupado en cuidar a sus doce potros o soplando en algún mar ártico sus gélidas brisas.
Noto, el viento del sur, recorrería los mares meridionales atiborrándose de agua para descargar sus tormentas de verano al llegar al norte.
Y después estaba Euro, su tercer hermano, el viento del este, el responsable del calor sofocante. Debía estar por los desiertos de África levantando ventiscas cálidas o tormentas de arena. Aunque era extraño que por aquellas fechas no hubiera aparecido ya.
Y con esos pensamientos recorrió los farallones de cada lado del estrecho, Calpe y Abila, dichoso por aquellos días de tranquilidad.
Pero cuando el sol se ponía a su espalda notó erizarse la mar de forma extraña, de forma grosera. Algo se oponía a la dirección del oleaje que él dirigía. ¡Era Euro! No había dudas. Arrugando el ceño sopló con más fuerza, haciendo entrechocar sus ráfagas contra las cálidas y secas de su hermano, que riéndose a carcajadas apareció, al fin, en el horizonte oriental.
Él sabía que era su turno, sabía que había tenido más días de los que le correspondía… pero no se quiso marchar. Y empujó con todas su fuerzas enrabietado. Hasta que una voz potente, la voz de Éolo, el padre de los Anemoi, sonó sobre ellos:
—¡Céfiro!
Eso fue suficiente. Y el dios del poniente, el más suave de todos los vientos, el fructificador, el mensajero de la primavera, se replegó, me replegué, cariacontecido, dejándoos a merced del embravecido levante, que aparecía queriendo recuperar el tiempo perdido, dominando con sus vientos secos y cálidos todo el territorio, nadie sabía muy bien hasta cuando.