sábado, 20 de diciembre de 2008

::: Trabajo extra :::

Llevado por el suave céfiro que se colaba húmedo y salobre desde el atlántico llegó a Sevilla, al fin. Con renovadas ilusiones arribó siguiendo el amplio cauce del Guadalquivir hasta otear en el horizonte la vetusta silueta de la Sevilla intramuros, y en su centro la de su principal vigía, donde todos los años descansaba de su largo viaje antes de repartirse entre las calles de la ciudad.
Y salió del río sobrevolando la arboleda del denso Parque de María Luisa, donde a esas horas se desprendía una casi mágica neblina, las azoteas de la Universidad, antes Fábrica de Tabacos, donde trajinara alguna vez la Carmen de Merimé, y los tejados del Alcazar moro, hasta llegar al viejo caserío, donde esbeltas espadañas, torres de iglesias e infinitas azoteas lo llevaron hasta la Giralda. Allí, agarrado a los pies del Giraldillo, la veleta de bronce que fabricara el insigne Bartolomé Morell en 1566 y que remataba el antiguo alminar almohade, descansó por fin.
Enseguida comenzó a repasar que todo estuviera dispuesto. Y se fijó, con su aguda vista, en el mercadillo de Belenes de la plaza de San Francisco, en el gran árbol de Navidad instalado delante del ayuntamiento, en las luces de las calles, en los escaparates de las tiendas, en los puestos de castañas, en los turrones y mantecados de los ultramarinos, en los coros de campanilleros que ya cantaban por calles y plazoletas… Y desde luego en el interior de los hogares de los sevillanos, donde también los adornos navideños anunciaban la llegada de tan especiales fiestas.
Sonriendo se preparó para lanzarse a las calles de la ciudad cuando recordó lo que le contase su predecesor del año anterior antes de darle el relevo: “Mira en los corazones”.
Y eso hizo, teniendo que cambiar su inicial sonrisa por un rictus de preocupación al ver numerosísimos corazones angustiados, deprimidos, oscuros, todos ocultos en los pechos de jóvenes parejas que no llegaba a fin de mes a pesar de los dos sueldos, de empresarios emprendedores que habían tenido que cerrar sus negocios, de inmigrantes con sus sueños de prosperidad rotos, de ancianos que sufrían necesidad por sus exiguas pensiones, de comerciantes desesperados al ver sus tiendas vacías, de padres de familias que hacían infinitas colas en las oficinas del paro…
Entonces supo que este año tendría trabajo extra, que se tendría que esforzar de forma especial si quería realizar bien su cometido. Y apretando los puños y arrugando el ceño el Espiritu de la Navidad al fin se lanzó, decidido, a las calles de Sevilla, dispuesto a conseguir contagiarles la alegría navideña que año tras año su estirpe había traído. Que así sea.

Feliz Navidad a todos.

sábado, 6 de diciembre de 2008

::: Llanto :::

Lloré por una amiga que tenía el corazón roto, por un alma que sentía el fracaso presente después de vivir el esfuerzo más desconsolador, el que se realiza sin obtener resultados. Lloré por sus momentos de amargura, de desdicha. Lloré por su llanto, por sus lágrimas en soledad. Lloré porque su vida caminaba entre el miedo y el desamor. Porque se sentía sola entre todos nosotros. Porque no veía luz, porque no tenía un faro que la guiara y no veía el arco iris aunque lo tuviera delante.
Pero ayer me dijo: No sabía que “Céfiro” es un viento, pero ahora sé que es un aliento bueno que me da calor y luz en mi nuevo camino.
Entonces ya no lloré. Entonces supe que todo tenía un sentido. Que lo que escribí y vosotros leísteis y comentásteis, lo que se imprimió en un libro que después se distribuyó… era para que una amiga lo leyera durante una noche entre lágrimas, y para que después me dijera: Te escribo para darte las GRACIAS por todo lo que he encontrado en tus pensamientos y que han sido chispas para ver que uno puede encontrar SU CAMINO Y SU FELICIDAD.
Entonces sonreí.

sábado, 29 de noviembre de 2008

::: ¡Cada vez hace más frío!:::

—¡Frío! ¡Cada vez hace más frío!— gritó fijando la vista en el rayo de luz que entraba por la pequeña grieta.
—Me has asustado, viejo escandaloso. ¿Qué importa que haga frío?
—¿Que qué importa? ¡Dice que qué importa! Jejejeje. Pues importa porque significa que ha llegado el invierno, querido muchacho. Que una vez más ha pasado un año— añadió algo más calmado.
—¿Un año? ¿Ya hace un año que nos recogieron?
—Así es… Yo he estado pendiente, y a pesar de nuestro encierro he ido siguiendo el transcurrir del tiempo—le contestó recostándose contra la pared—. Primero hubo unas semanas de tranquilidad después de todas las fiestas de las que fuimos protagonistas y que sirvieron para que te trajeran con nosotros. Poco a poco el frío fue desapareciendo— continuó atusándose su larga y cana barba y cerrándose la vieja túnica que usaba— … notándose cómo la luz que nos entraba por la rendija duraba cada vez más, señal inequívoca de que se acercaba la primavera. Hasta que así fue, y llegaron las otras fiestas importantes de Sevilla, los días esos que en la casa aparece el olor dulzón y penetrante que a Javier tanto le gusta y llama incienso, y que anteceden a la semana que la niña se viste de flamenca y está todo el día bailando, que hasta aquí llega el compás inconfundible de las sevillanas que suenan en la radio.
—¡Cuánto sabes!
—Pero por viejo… Ya son muchos años en la casa. Y porque me gusta mirar por la rendija, hijo. Después de esos días llegaron otros —continuó mirando de nuevo al infinito mientras evocaba— …de intensa luminosidad, los días más largo del año, los que preceden al dichoso verano, cuando se queda la casa vacía semanas tras semanas.
—Esos son los días que estuviste tan melancólico y triste.
—Claro, muchacho, porque a mí me gusta escuchar a los niños jugar, a Javier hablar con su mujer, o cuando pone música, o las visitas de los abuelos, o los olores de la cocina, o los sábados por la noche cuando se quedan a dormir los primos… Y en el verano, en el verano… todos se van. ¡Por eso odio el verano!
—Pero después del verano llega el otoño— dijo alguien desde la oscuridad.
—Hola, María. Ya sé que a ti tampoco te gusta el verano y por eso la llegada del otoño te hace sonreír.
—Y el olor a tierra mojada de las primeras lluvias, y a naftalina cuando sacan los jerséis de los armarios…
—Ya lo sé, querida, y los primeros fríos, como los de hoy.
—¡Y a nosotros también!
—¡Bueno, bueno, se está revolucionando el cajón!
—Claro, José. Ocurre siempre cuando se acrecienta el frío y a ti te da por contar cómo ha pasado el año y nos haces ver a todos lo cerca que está el día de la Inmaculada, el día que Javier y su mujer bajaran el cajón y ayudados por los niños nos irán sacando uno a uno para colocarnos de nuevo en el pesebre, junto a la mula y el buey, junto al ángel, a los pastorcitos y a las ovejas… y nos cantarán los antiguos villancicos mientras los niños nos mirarán con caras de ilusión pensando que somos reales y que ellos son unos gigantes enormes…
—No te emociones esposa mía, que aún quedan unos días…
—San José, ya entiendo porque te has puesto tan contento cuando has notado que cada vez hace más frío.
—Te aseguro, querido pastorcito, que a partir de este año también tú querrás que llegue el frío y con él la Navidad.

sábado, 22 de noviembre de 2008

::: ¡Al fin! :::



Al fin hoy envío CÉFIRO DEL OESTE a los que me pedisteis un ejemplar. Al fin saldrán en dirección a Hospitalet del Llobregat (Barcelona), Sevilla, La Pobla de Vallbona (Valencia), Rubí (Barcelona), Peñíscola,(Castellón), Madrid, Avilés (Asturias), Badajoz, Guadalajara, Cádiz, Málaga e incluso Managua (Nicaragua) ese puñado de hojas impresas y encuadernadas que llamamos libro, y que recopila nuestros pensamientos e impresiones, nuestras reflexiones y preocupaciones volcadas durante tres meses en el blog, en este nuevo medio de comunicación masivo e inmediato que la tecnología a puesto a nuestro alcance.

Creo que haberlo convertido en libro ha completado el ciclo, ha posibilitado que lo efímero de cada artículo y sus comentarios, tapados por el siguiente y por el paso del tiempo, quede para la posteridad, tal como lo vivimos, entre las páginas de esta obra.

Gracias a todos los que me habéis solicitado una, y gracias, desde luego, a todos los que me leéis y me dejáis vuestro comentario.

¡Ah!, y sabed que CÉFIRO DEL OESTE, volumen II, sigue haciéndose semana tras semana


sábado, 15 de noviembre de 2008

::: Panegírico a noviembre :::

De todos los meses del año, tú eres el más entrañable, ¡oh, íntimo noviembre!, corazón del luminoso otoño sevillano. Este año nos has regalado la mañana de tu primer día cubierta por una intensa niebla, haciéndonos irreal y húmedo el ineludible paseo al cementerio de San Fernando. Y nos has regalado también los primeros fríos, obligándonos poco a poco a utilizar la ropas de abrigo, inundándose nuestros hogares del olor a naftalina que desprenden los jerseys y chaquetas recién salidos del armario.
Tus días son húmedos y cálidos a la vez, anegando nuestras calles con las olorosas humaredas blancas de las castañas asadas que por las tardes los rayos de sol de los días despejados quieren disipar reverberando en las paredes con tibieza, intentando quedarse allí pegados a pesar de que los precoces crepúsculos los releguen a las pocas horas.
El paso de tus semanas nos hace transitar entre el caluroso octubre y el invernal diciembre, sirviéndonos para disfrutar de los ocres colores de las arboledas de los parques, imaginar a don Juan Tenorio seduciendo por las antiguas calles, poder degustar los asados de venado con setas en cualquier venta de la sierra o sentir que Sevilla es algo más que las fiestas de primavera y el tórrido verano. Que Sevilla es también una misa en latín una húmeda mañana en la Capilla Real de la Catedral, un café caliente en la Plaza del Pan, un paseo lluvioso bajo el paraguas por la calle Sierpes o una tarde de compras en Alcaicería, José Gestoso o Tetuán, arropándote en tu abrigo mientras van colgando el alumbrado navideño que nos recuerda que pronto tendremos que instalar el nacimiento en nuestros hogares allá por el día de la Inmaculada.
Vuelve pronto, ¡oh, íntimo noviembre!, haciéndonos sentir de nuevo tu acogedor y plácido pasar de la vida.

sábado, 8 de noviembre de 2008

::: Los tiempos cambian :::

Juan por fin pudo llegar a Sevilla. Ya hacía más de treinta años que no pisaba sus calles a pesar de que desde su partida inicial había vuelto regularmente. Así que se aposentó en una esquina del barrio de la Macarena, arrabal ubicado muy cerca de donde venía, y contempló pasar a la gente, sobre todo a las mujeres, su obsesión desde siempre.
Y lo que vio no le gustó, porque las notó más calladas, con más prisas, más serias y reservadas. Incluso vio pasar a algunas con auriculares en los oídos, como si quisieran evadirse de lo que le rodeaba escuchando alguna canción estridente.
Dando un suspiro con cierta tristeza decidió que era el momento de comenzar, seleccionando una treintañera morena que vio llegar en esos momentos. La chica tomó un taxi delante de él y ni corto ni perezoso subió por la otra portezuela sentándose a su lado. Utilizando su encantadora sonrisa, la que enamorara a tantas damiselas en sus tiempos, le preguntó su nombre.
—María— le contestó ella sin soltar un teléfono pequeño por el que hablaba, y sin extrañarse lo más mínimo.
Entonces le cogió la mano, truco que no solía fallarle, y le recitó una poesía de amor. Ella colgó el teléfono y con cara de desinterés le contestó de nuevo:
—Aunque no me acuesto con nadie desde hace años y tu método no deja de ser original, me esperan en la oficina, y después de comer cojo el Ave a Madrid, donde me reúno con el comité ejecutivo de mi empresa… No tengo tiempo para estas cosas. Lo siento, guapetón.
Frustrado de bajó del taxi en el siguiente semáforo, ya en la Alameda de Hércules, buscando con la mirada la próxima víctima, una femenina señorita que paseaba su perro por el bello paseo arbolado.
—Ésta no parece tener prisa— se dijo mientras se acicalaba el bigote y se le acercaba dispuesto.
—¡Qué día más bonito para el amor!, ¿verdad?— le señaló sonriendo al tiempo que otra mujer, que caminaba a su lado, se le quedó mirando con cara de espanto. Y cual no sería su sorpresa cuando zampó un beso en la boca a la chica del perrito. Después lo miró y le dijo:
—Es mi pareja, desgraciado.
El pobre Juan se quedó de piedra viendo cómo se alejaban cogidas de la mano.
No queriendo darse por vencido buscó de nuevo entre la gente que pasaba por allí, viendo llegar a la que le pareció una vulgar ama de casa tirando de su carrito de la compra.—Con esta no fallaré— se volvió a decir entre dientes.
— ¿La puedo ayudar?—le preguntó con galantería.
Ella lo miró sorprendida, aunque enseguida le sonrió con cierta tristeza contestándole resignada:
—¿Puede llevar la compra a casa, recoger a mis hijos del cole, encargar el disfraz de la niña para la fiesta de Hallowen, hacer la comida del mediodía, llevar los niños por la tarde al pediatra, ir a la reunión de vecinos de la comunidad… y de camino explicarle a mi marido por qué me duele la cabeza por las noches?
Apabullado se sentó en un banco bajo un majestuoso álamo no sabiendo muy bien qué estaba ocurriendo. Entonces se acomodó a su lado una señora algo madurita, con cierto atractivo y muy arreglada, que le sonrió descaradamente.
—Te invito a un café, moreno.
Juan volvió a quedarse estupefacto. ¡Estaba ligando con él! ¿Cómo era eso posible?
—No, gracias— le contestó herido en su orgullo varonil, levantándose con rapidez.
Y cabizbajo y derrotado Juan Tenorio, el mítico don Juan, regresó al cementerio de San Fernando lamentándose de la muerte de la Seducción a manos de la modernidad.

sábado, 1 de noviembre de 2008

::: Carta a mi hijo :::

Querido hijo:
Ahora que el paso de los años te ha convertido en un hombrecito, ahora que ya eres independiente y cada vez nos necesitas menos, ahora que cumples 13 años quiero decirte, querido hijo, que eres, junto a tu hermana, lo mejor que nos ha pasado a tu madre y a mí en esta vida.
Y nos apena que hayas crecido, que estos años hayan pasado tan veloces, que aquel bonito niño que eras haya desaparecido, que ya no te pueda coger en brazos, que no te tenga que bañar o darte de comer, que no necesites que me levante por las noches a darte agua o a arroparte… En fin, que seas mayor.
Pero sin embargo nos ilusiona el hombre que serás, el futuro que tendrás, tu trabajo, tu esposa y tus futuros hijos… aunque queremos que todo eso tarde en llegar, y sigas mucho tiempo en casa, como ahora, jugando en el ordenador en tu cuarto o acompañándonos en los paseos de los domingos junto a tu hermana.
Por último tu madre y yo te deseamos el día de tu cumpleaños que disfrutes la vida como nosotros la estamos disfrutando. Haz de todo con prudencia, sin correr peligros ni dañar a nadie, pero vive la vida intensamente, porque los años pasan sin detenerse, y no vuelven.
Siempre nos tendrás para lo que necesites, no lo olvides. ¡Ah! Y feliz cumpleaños.

sábado, 25 de octubre de 2008

::: ¡Conseguido! :::







Esta vez una imagen vale
más que mil palabras





Incluso en el Divan de Cristina Céfiro del Oeste es psicoanalizado.

sábado, 18 de octubre de 2008

::: Un rayo de luna :::

Malhumorado llegó a su casa después de una jornada infernal. Crisis, hipotecas, subidas de precios, problemas en el trabajo y demás horribles asuntos fueron sus acompañantes aquel infausto día. Por eso se quitó la corbata en el pasillo y la arrojó lo más lejos que le fue posible.
Sentado en el borde de la cama cerró los ojos deseando encontrar la forma de relajarse, de poder olvidar los problemas, de superar aquella angustia que le oprimía el pecho y que apenas le dejaba respirar. La deshabitada casa no le ayudó, y sintió que su mujer e hijos estuvieran fuera aquellos días.
Como un vagabundo recorrió las habitaciones sin encender las luces, queriendo encontrar en algún rincón del hogar la calma que su alma necesitaba… hasta que al doblar el pasillo vio un llamativo resplandor en el suelo del despacho. ¿Había una luz encendida? ¡Qué raro!
Y al acercarse comprobó que era la luz de la luna, llena aquel día, la que había conseguido recorrer los 384.400 kilómetros que los separaban de él y encontrar el recoveco necesario para acabar en su habitación preferida. Y se acercó a la ventana, descubriendo la esfera gris blanquecina justo enfrente suya. Como un autómata se sentó en el sillón y reclinó la cabeza en el respaldo, sintiendo en su cara aquel rayo de luna, que lo fue reconfortando en apenas unos segundos.
Y allí se quedó, bajo la claridad lunar, sonriendo para sí al saberse pequeño e insignificante aunque al fin feliz aquel aciago día.

sábado, 11 de octubre de 2008

::: Creadora de vida :::

Luisa se sentó a desayunar con nosotros dejando la bolsa del supermercado en el suelo y esbozando una amplia sonrisa.
Era un día cualquiera de comienzos de otoño, en el que la nueva estación parecía asomarse por el Aljarafe sevillano enviándonos alguna brisa fresca y húmeda aquella mañana.
Y, veréis, tras darle dos tragos al café, la amiga de mi mujer comenzó a charlar con su verborrea fluida y ágil contándonos cosas de sus hijos, de su marido, del tiempo, de política y de su trabajo, dejando caer que últimamente se le acumulaba en el laboratorio la faena.
Ya para entonces nos habían traído las tostadas, y mientras echaba el aceite en la mía soltó que la tarde anterior había conseguido tres embriones viables…
Sí… como si tal cosa, igual que había contado que el precio de la leche había subido o que el mayor de sus hijos había empezado a jugar a baloncesto nos dijo que ¡uniendo en su laboratorio un óvulo previamente extraído del ovario de una señora y un espermatozoide de su respectivo marido había conseguido un embrión! O sea, ¡una vida nueva!
Yo la miré a la cara fascinado mientras rebosaba el aceite en mi tostada sin poder creer que alguien pudiera contar cómo creaba vida mientras desayunábamos.
Y como comprenderéis, mi tostada se enfrió en el plato mientras escuchaba en qué empleaba su tiempo aquella fantástica mujer…

Soledad Sánchez estaba allí, como nos relata en su blogverso del día 21 de noviembre.